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Domingo, 30 de abril de 2006
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VIZCAYA
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Hambre de vida
Cuatro psiquiatras recogen testimonios de pacientes que han superado la anorexia y la bulimia
Hambre de vida
DISTORSIÓN. «No te ves delgada, sino gordísima», escribe una afectada. / EL CORREO
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EL LIBRO
Título: Surgiendo del remolino: la recuperación de un trastorno de la conducta alimentaria.

Autores: Jesús Ángel Padierna, Rosa Ecenarro, María José Horcajo e Isabel Rebolledo.

Edita: Acabe Bizkaia, con la subvención del Ayuntamiento de Bilbao y la Diputación vizcaína.

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Con todo lo que se habla de la anorexia y la bulimia, resulta sorprendente lo poco que se escucha a quienes las padecen. Cuatro psiquiatras del hospital de Galdakao han recopilado en el libro 'Surgiendo del remolino' los relatos autobiográficos de varias mujeres que supieron salir del pozo y ahora se atreven a mirar hacia la negrura de allá abajo. En sus escritos, indagan en los motivos de su trastorno, analizan qué les ayudó y qué les perjudicó y reflexionan sobre el significado de 'recuperarse', un concepto que, como tantos otros en estas patologías, se ve muy distinto desde dentro y desde fuera. He aquí una selección de fragmentos de sus historias.

LA CAÍDA

«Acababa de terminar mi carrera, una carrera de ésas socialmente reconocidas como brillantes. Había empezado a trabajar en una buena empresa, tenía una familia que me adoraba y que a su vez yo adoraba, tenía muy buenos amigos y llevaba cuatro años saliendo con un chico estupendo. Aparentemente, todo era perfecto y no se podía pedir más a la vida. Sin embargo, mi mente paulatina y progresivamente empezó a traicionarme. Nada parecía satisfacerme por completo y mi relación sentimental se iba poco a poco deteriorando, me invadía una gran insatisfacción hacia todo lo que me rodeaba y la preocupación por mi cuerpo, que hacía ya varios años estaba experimentando, empezó a crecer».

LOS PADRES

«Sólo pensaba en cómo ir a casa antes que mis padres, para hacer 'mis ejercicios' y 'mi cena', que siempre era la misma: según temporadas, sopa o ensalada sin aliñar, cereales con cuatro tazas de descafeinado con agua y una manzana, y luego me atiborraba a gominolas sin azúcar que me estaban machacando la mandíbula. Cuando llegaban mis padres, les decía que ya había cenado todo y mis padres se lo creían y se ponían muy contentos. Jamás pensaron que yo les podría engañar».

LA PAREJA

«Mi novio, la verdad, nunca ha sabido darme consejos acertados, incluso en más de una ocasión me ha dicho cosas que han resultado ser totalmente opuestas a los consejos del psiquiatra o la psicóloga. Sé que es porque de ese tema no entiende (...). Hizo una cosa que me ayudó mucho a curarme: un día me dijo 'yo no voy a vivir toda la vida con una enferma'. Yo lo entendí, él iba a estar apoyándome en el proceso de recuperación, pero yo sentí que él tenía todo el derecho a decir lo que dijo, porque es injusto que no te cures porque no lo intentes con todas tus fuerzas y que alguien que quieres y te quiere tenga que ver cómo destruyes tu vida».

LOS AMIGOS

«Ahora entiendo lo difícil que era para mis amigas ver cómo cada día moría un poco más y que ellas no podían hacer nada, porque, si me decían algo, primero les sonreía y les decía que todo estaba bien, que lo tenía controlado y que lo que hacía lo necesitaba para relajarme y soltar adrenalina. Imagínate a una chica que era ya un esqueleto, caminando sin parar, comiendo sólo alfalfa y haciendo media hora de ejercicio compulsivo encerrada en su habitación y saliendo a bailar hasta la madrugada. Dejé también de beber alcohol porque engordaba. Me convertí en una mentirosa y empecé a manipular a la gente».

EL DETERIORO

«Es importante asumir y aceptar que el cuerpo que uno tenía cuando padecía el trastorno era un cuerpo enfermo. Un cuerpo que le llevaba a la tristeza y a la depresión. Nunca se puede justificar bajo ningún canon estético el poseer un cuerpo desnutrido. Se trata pues, desde esta óptica, de un mero criterio de salud. Un cuerpo desnutrido, un cuerpo mal alimentado, un cuerpo carente de un índice de masa corporal mínimo, no funciona: a uno se le cae el pelo, se le rompen las uñas, los huesos se deterioran, baja enormemente el rendimiento intelectual, las hormonas no funcionan... Por tanto, bajo ningún concepto puede uno permitirse vivir en un cuerpo con tales características por mucho que a uno le encante tener una talla 34 (...). Lejos de tener un cuerpo 'socialmente admirado', lo que tenía era un cuerpo que decía a gritos que algo iba mal. Yo pensaba que la gente por la calle me miraba porque admiraba aquellos huesos, cuando sin embargo lo que ocurría era que la gente se me quedaba mirando preguntándose: '¿Qué le pasará a esa pobre cría?'.

LA PROPIA IMAGEN

«Uno de los puntos más importantes de esta enfermedad es que no te ves delgada, sino que te ves gordísima (...). Los pantalones que llevaba en ese momento me han servido mucho en la recuperación. Eran unos pantalones que me regaló mi madre en el cumpleaños, unos pantalones que claramente me mostraron la distorsión que existía en mi cabeza. Recuerdo que, cuando entré en la tienda y elegí los que me gustaban, las dependientas me preguntaron la talla y yo les dije que una 29 (una 40 de tallaje normal). Ellas, con caras extrañadas, me la sacaron, pero claramente me quedaban enormes. Esto hizo que me sacaran la 28, la 27... Hasta que finalmente acabé con la talla más pequeña y me quedaba grande, algo que claramente me llenó de satisfacción: ¿había conseguido mi propósito!».

LOS MÉDICOS

«El principal problema que veo yo a estar con una psicóloga o psiquiatra es que en los momentos importantes, justo cuando te ves paralizada al llevarte el tenedor a la boca o te estás mirando en un espejo y ves que no estás tan delgada como quisieras, entonces no están a tu lado. Eres tú quien tiene que sacar fuerzas de donde sea».

LA RECUPERACIÓN

«Quizá, si preguntáramos a la gente que tan sólo sabe de la anorexia o bulimia por lo que han podido escuchar por ahí, dirían que son chorradas, que queremos ser tan delgadas que somos capaces de morir por ello. Y yo les diría que no era mi cuerpo lo que realmente me importaba: llegara lo que llegara a pesar, nunca iba a estar bien, pues el peso no era mi dolor, sino lo poca cosa que te sientes, lo poco que te quieres y la mierda que crees que es tu vida. Para mí, recuperarme de un trastorno de la alimentación no es comer, sino empezar a vivir, a querer, seguir adelante, intentar ver qué falla y aceptar lo que no puedes cambiar, quererte y, sobre todo, perdonarte».



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