Mentir es la forma que tienen algunos individuos para poderse alimentar de la ingenuidad de los demás y así subir peldaños en el escalafón del tan codiciado pero mediocre mundo del poder. Todo se traduce en un encantamiento de palabras encadenadas cuyo ritmo vertiginoso no se detiene ante nada ni nadie; es una danza de serpientes dialécticas cuyo fin es atrapar de manera hipnótica la ingenuidad y transparencia que caracteriza a todo ser humano que cree en la palabra sincera del que les está hablando.
Muchos caen por el camino, la mentira les suele estallar en la cara y las consecuencias son desastrosas, pues la recompensa por tanto tiempo fingido no es otra que la soledad. Otros, en cambio, se exigen seguir viviendo con la tarjeta de un crédito nebuloso, ya que es tanta la maraña existente que no pueden salirse de los tentáculos hipócritas y falsos de una vida pretenciosa y vacía. Me alegra saber que no todos formamos parte de ese guiñol nauseabundo, nos damos cuenta de que no somos tan inferiores como ellos creen parándolos en seco con nuestra única arma humilde y directa, la palabra. Me alegra descubrir que con la verdad por delante todo se consigue, paso a paso, sin prisas y queriéndonos tal y como somos.