En la boca del lobo. En el lugar menos apetecible se ha metido el Lagun Aro. Sin que nadie le empuje. Sin seguir señuelo alguno. Fruto únicamente de los males de los que no ha conseguido despegarse pese a las mil y una proclamas públicas y privadas soltadas. Una victoria para cortar la racha histórica del Unicaja y ocho bofetones que han deformado sus carrillos en las nueve últimas jornadas disputadas. Carne de Leb como no cambie. Por mentar a la bicha no se va a alterar lo que el destino depara a un conjunto enquistado, que muestra constantes muestras de mejoría antes de desplomarse en un bajonazo preocupante. Ayer, en Manresa, otra vez más de lo mismo. De lo de siempre. De la anemia mental marca de la casa que bloquea a los rojillos precisamente cuando podrían dar rienda suelta a su voracidad.
En el Nou Congost, superada la presión, con once puntos de ventaja (34-45) camino del final del tercer cuarto, ante un rival mareado al sentir el frío del abismo, sin problemas generalizados de faltas, con las situaciones anárquicas más o menos controladas -hubo algunas canastas no materializadas por no querer soltar el balón a quien estaba libre-, en dos palabras, a huevo. Ni así. Para que este equipo se descomponga basta con que alguno de sus jugadores pierda el norte en un momento crucial. De poco sirven cuatro lanzamientos sin fallo desde la línea de tres si antes Stefanovic provoca involuntariamente la tercera personal de Salgado al ser sustituido por no aguantar un pinchazo sobre el parqué -su esguince llegó después-. O si envía un balón a la remanguillé que provoca, no sólo su pérdida, si no también la reacción local.
También es determinante en el hundimiento que alguien se salte su turno en la sala de máquinas. Ayer el desertor fue Scott. El Lagun Aro no necesita héroes, suspira por soldados brillantes. Quiso el de Little Rock liderar la baza ofensiva, con el beneplácito de su mariscal que optó por sentar a un inconmensurable Weis. Era una apuesta arriesgada y de haber salido bien... pero no lo hizo. Y no porque estuviera mal trazada sobre el mapa.
Inexplicable
Pero quiso el estadounidense huir del cuerpo a cuerpo y buscar una vía de entrada hacia el fuerte manresano... desde la distancia. Sorteó lanzamientos y, claro, no resultó agraciado. Lo mismo que Andy Panko. Entre ambos sumaron, agárrense, 8 de 23 en canastas de dos, 1 de 8 en triples. Al menos el de Harrisburg anotó tres tiros libres (0 de 3 Scott) y capturó 10 rebotes.
Cuanto más se miran las estadísticas y se rebobina el partido, menos se entiende lo que le ocurre a este Lagun Aro desconocido, afectado por un virus para el que no se encuentra el antibiótico eficaz. En el otro bando, la verdadera estrella, a base de jugarse y rejugarse el balón, acabó por dirigirlo hacia el aro. White pasó de lo calamitoso a lo sublime en cuanto le dejaron calentar la mano. Fue él el inductor de un parcial de 9-0 con el que los bilbaínos se despidieron de sus ventajas, del partido... y esperemos que de nada más.
Defunción
Fue el despertar, por conocido, no deseado. Los minutos del cuarto final que corren sin que el Lagun Aro anote. Convierte en un campo atrás un saque desde la línea de fondo de la canasta catalana. Scott falla dos tiros libres y Rancik -soberbio en defensa y frenado en ataque- se deja en el camino una bandeja sencilla. A renglón seguido, otro triple 'made in Little Rock'. Parcial de 7-2 y gracias a que Panko había convertido dos tiros libres. En medio, un esguince de tobillo de Stefanovic, que acabaría volviendo a pista, cojo, cuando Salgado cometió su quinta falta personal.
White siguió a lo suyo y dejó que un jugador de la casa, Albert Oliver, hiciera los honores. Con una inmaculado rebote robado a Salgado y un ataque de dos más uno, el base local firmó la defunción. Hora, 14.20; lugar, Nou Congost; causa de la muerte, desconocida. Y eso es lo peor.