«Ha sido un infierno». Con esta contundente frase resumió Carlos Peña la experiencia de descender a nado los 40 kilómetros del Nervión que separan Llodio de Portugalete. El deportista guipuzcoano había calculado que iba a tardar diez horas y media, pero finalmente necesitó quince. El escaso caudal en alguna zonas y las numerosas presas y rampas llenaron de contratiempos su viaje.
No obstante, Peña, que tomó la salida en el puente de Llodio el sábado a las 8.30 de la mañana, logró su objetivo: conseguir fondos para la asociación Chernobil Elkartea, que se ocupa de ayudar a los niños afectados por el escape radioactivo de la ciudad ucrania. «Sólo por eso el esfuerzo ha merecido la pena», comentó.
A su llegada a Portugalete, pasadas las doce de la noche, unas 300 personas, entre representantes de la agrupación, autoridades y curiosos, le recibieron por todo lo alto. No era para menos. Carlos Peña, bregado en batallas semejantes en lugares tan inhóspitos como el estrecho de Magallanes, concluía la travesía más difícil de su vida.
La aventura más dura
«De cuantas he hecho ha sido de las más duras, si no la más», desveló. Sabía que el primer tramo iba a ser el más complicado, pero la realidad superó a sus peores augurios. De poco le sirvieron las aletas en las zonas con menos agua. «La única forma de seguir fue ir a pie», desveló el deportista. Fue precisamente en esos tramos caminando en los que su batalla contra el Nervión le dejó marca. «Me caí muchas veces. Tengo el cuerpo lleno de moratones y muy dolorido», explicó.
Pero hubo otros obstáculos que fueron aún más complicados de superar. «Me encontré con una presa con un muro de casi cuatro metros y tuvieron que sacarme los de la Cruz Roja con cuerdas, lo mismo que a las dos piraguas que iban conmigo», relató. La calma llegó en el último sector, en la ría. «Ya era de noche y nadé muy relajado y disfrutando de lugares emblemáticos», manifestó Carlos Peña, que definió la experiencia como «subir el Tourmalet con el viento de cara y las ruedas de la bicicleta pinchadas».