El Correo Digital
Lunes, 1 de mayo de 2006
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VIZCAYA
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El cartero
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DE CUANDO EN CUANDO OLMO Hoy voy a entonar un canto de nostalgia recordando la figura del cartero, que antaño acudía a nuestros domicilios con su uniforme y su gran cartera llena de cartas y solo cartas. Voy a hablar de aquel cartero que llamaba a los pisos tocando la aldaba que había en todas las puertas de los portales antes de la instalación de timbres eléctricos. Uno, dos, tres, cuatro golpes, según el piso, y un repique para distinguir la mano izquierda de la derecha. Lo que no recuerdo es si el repique correspondía a la izquierda o a la derecha. Quizá algún lector veterano lo recuerde.

Voy a hablar de aquel cartero de antaño, cuya llamada era recibida con alegría porque lo único que podía traernos era una carta del pueblo, de la familia o de los amigos, pero una carta personal, una carta escrita a mano que es la forma más bonita de comunicación postal.

Si no recuerdo mal, el cartero anunciaba su presencia tocando en el portal un silbato, que sonaba en cada casa como la de un heraldo portador de noticias. Aquel sonido tenía en los domicilios un eco alegre ¿El cartero!; y alguien tenía que bajar al portal a recoger las cartas. Incluso, si no recuerdo mal, era obligado dar al portador de la misiva una perra chica como pago por su servicio.

Hoy el servicio postal ha dejado de ser personal y emotivo para convertirse en impersonal y mecánico. En primer lugar ha desaparecido el contacto personal cartero-destinatario, porque el cartero se limita a dejar las cartas en los buzones sin que nos enteremos. Y en segundo lugar (y esto es quizá lo mas importante), ha cambiado drásticamente el sentido de la correspondencia.

Ahora abrimos el buzón con recelo porque ya no contiene cartas sino facturas. Aquel cartero que casi formaba parte de la familia porque nos traía noticias de amigos y familiares, se ha convertido en un simple portador de notas del banco, recibos y lo que es peor aun, de certificados de Hacienda o de multas, algunas de ellas, si te descuidas, con embargo incluido.

No es extraño que la visita de aquel cartero entrañable se haya convertido en la llegada de un molesto emisario. Y lo siento por el cartero. Porque el hombre cumple puntualmente con su obligación cargando con este sambenito sin tener culpa de nada.



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