Al presentar su plan de paz la semana pasada, el lehendakari Ibarretxe puso un ejemplo a la peña. Flanqueado por su consejo político, un Joseba Azkarraga con cara de circunstancias y un Javi Madrazo tan campante, mostró un cuaderno escolar con el dibujo de una niña, Mirari, que resumía de modo perfecto su propuesta: con la palabra pakea (paz) escrita en el azul del cielo, el centro del dibujo lo ocupa un corazón. A la izquierda, un ratón mira un árbol en cuyo tronco puede verse la representación de un queso. Detrás, un gato y la leyenda: «el gato respeta al ratón». A la derecha del corazón, una niña pide 'parkatu' (perdón) a su madre, que se muestra enojada, con la boca curvada hacia abajo.
El problema es que el lehendakari no se haya hecho en cincuenta años una representación algo más compleja del asunto, con conceptos un poco más abstractos y palabras más precisas. Habrían podido valer, si no fuera español su autor, las tres pés de Azaña en su famoso discurso del Ayuntamiento de Barcelona en 1938: «Paz, piedad, perdón», pero su identificación con el dibujo de Mirari da qué pensar: El lehendakari debería saber que el queso no crece en los árboles (su aitite le habría dicho que no se le pueden pedir peras al olmo) y que no está en la naturaleza del gato respetar al ratón. Por otra parte, ¿el gato es ETA? Esta versión euskaldun de Tom y Jerry, ¿representa quizá a Patxi López y Arnaldo Otegi con la vista puesta en Ajuria Enea? ¿A Jone y Gemma en una lectura paritaria del tema? ¿El árbol es el famoso nogal y el ratón va a sacudirlo para repartirse las nueces con el gato? ¿Tiene fuerzas para ello? Quizá Ibarretxe debería pensar en que nunca se ha visto a un gato comer nueces. En fin, el dibujo es una muestra encantadora de los hermosos sentimientos de una niña, pero elevado a discurso político por el lehendakari se transforma en una representación inadecuada de la realidad.
Ahora están muy de moda los niños. El presidente Zapatero, que escribió una carta muy severa a la revista 'Diez Minutos' por haber fotografiado a sus hijas en portada, apoyó públicamente su concepción dual del mundo en las preguntas (retóricas, porque llevaban implícita la respuesta) de las niñas: «¿Verdad, papá, que los de izquierdas somos los que nos preocupamos por los demás y los de derechas sólo se preocupan por ellos mismos?». Es una costumbre que se extiende. Uno mismo tiene amigos que a la menor le colocan las reflexiones de sus hijos adolescentes como argumento de autoridad política. Esta utilización de los niños está a medio camino entre la regresión intelectual y una variante platónica de la pedofilia.
Padres y madres, progenitores de tipo A y B: mucho ojo con los políticos; no dejéis que los niños se acerquen a ellos.(Marcos 10-14, aproximadamente).
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