Este fin de semana, un grupo de jóvenes de entre 17 y 22 años ha intentado quemar vivo a un 'sin techo' en el barrio bilbaíno de Santutxu. Entre los chimpancés, se han documentado razias protagonizadas por pandillas de jóvenes machos que incursionaban en territorio ajeno y, en ocasiones, llegaban a torturar y matar a un chimpancé de otro grupo, otra familia, otra tribu. Los grandes simios se nos parecen porque tienen emociones complejas, sentido del tiempo, autoconciencia, noción de lo que está bien y lo que está mal, capacidad de comunicarse y aprender, y una vida social que, salvando algunas distancias, es casi idéntica a lo que podemos ver en programas al estilo de 'Gran Hermano'. Entre los grandes simios, el chimpancé es el que más se nos parece: miente, engaña y es capaz de asesinar. Hay que decir en su favor, y en el nuestro, que también conoce la compasión y la conducta altruista. Cuenta Jesús Mosterín (quien, por cierto, es de Bilbao) que, en su viaje a la Tierra del Fuego, Darwin se sorprendía de que los indígenas fuesen tan cariñosos entre ellos como crueles con los enemigos a los que capturaban. Los niños de la tribu practicaban el inocente pasatiempo de sacarles los ojos a los prisioneros de guerra, el mismo pasatiempo que los niños del campo han practicado con tantas bestezuelas capaces de sufrir, lo cual hace la diversión, sin bien menos horrenda, igual de inocente (o sea, nada inocente). El Proyecto Gran Simio, que ha llegado al Congreso por culpa de Francisco Garrido, ha suscitado reacciones airadas. Dicen los obispos que no pueden pedirse derechos humanos para los simios, sino, en todo caso, derechos «simiescos». Acaso es lo que se está haciendo, pero considerando que los humanos deberíamos compartir con ellos unos derechos básicos porque compartimos una naturaleza común. Lo que nos conmociona es que se pretende romper la frontera tradicional del grupo para incluir a nuestros parientes más próximos, esas especies que tan irrisorias les parecen a quienes han acogido con burlas el Proyecto. Todo este pitorreo se parece mucho al que suscitó la teoría de Darwin. Risa nerviosa. Indignación («quieren equiparar al hombre con el mono», dicen). Leí hace tiempo un excelente artículo de Manuel Vicent en el que la exquisita y retorcida complejidad de la cultura humana se desplegaba como distancia insalvable entre el hombre y el chimpancé, pero el artículo tenía la desventaja de que indicaba igualmente cierta abismal distancia entre seres humanos. Algunas reacciones ante el Proyecto Gran Simio señalan que muchas personas no piensan abrirle la puerta a esa parentela indeseable formada por bonobos, chimpancés, orangutanes y gorilas. Pero ahora ya sabemos qué clase de barro modelaba el Dios del Génesis. Dios, ese gran bromista.