Después de arrastrarse el quinto de corrida, Manzanares, aplaudido sin demasiado calor, salió a paso seguro hasta la primera raya. Produjo cierta sorpresa, y hasta alguna protesta que enmudeció enseguida, porque con un breve gesto firme Manzanares hizo salir del callejón a su primogénito, homónimo y colega, y sin más ceremonia, le dio la espalda, inclinó levemente la cabeza, se llevó la mano a la castañeta y le dijo que se la desprendiera con una tijera que el hijo llevaba en la mano. Así se cortó la coleta.
Después, los dos Manzanares se fundieron en un estrecho abrazo. La plaza se vino abajo y sonó la ovación más cerrada de toda la feria de Abril. Inmenso el escalofrío. Ya a solas, entre las dos rayas de picar, Manzanares padre correspondió con entereza pero muy emocionado a una ovación rugiente, interminable. Hizo ademán de meterse entre barreras. No le dejaron. Tuvo que dar la vuelta al ruedo. Una auténtica apoteosis.
Era la tarde de la presentación de Cayetano en Sevilla, que le brindó el sexto de festejo, segundo de sus dos novillos. Fue una preciosa faena, se premió con una oreja y Cayetano invitó a Manzanares a dar con él la vuelta al ruedo. Después, aparecieron por el burladero de capotes, de paisano, Juan José Padilla, Antonio Barrera, Ponce, Morante, Litri, Rivera Ordóñez, Espartaco, El Cid, El Mangui y, naturalmente, Manzanares hijo. Padilla se calzó a Manzanares a los hombros, hicieron peña todos los demás, Cayetano fue aupado por un capitalista y todos juntos dieron vuelta al ruedo de clamores sonados. Con Padilla de ariete, la cuadrilla de toreros amenazó con echar abajo el portón de la barrera. Cedieron los encargados y así salió a hombros Manzanares por la Puerta del Príncipe en su última corrida. Y aún fue llevado como en andas por el Paseo de Colón. Se le soltaron las lágrimas. Este adiós de fuerza tan irresistible no se le olvidará nunca. Ni a él ni a quien lo viera.
Sólo por eso quedó en otro plano lo demás. Entre lo demás estuvo la afortunada y triunfal presentación de Cayetano en Sevilla. Primoroso con el capote, encajado con suavidad insuperable, sereno, templado hasta más allá de lo previsto. Ante dos novillos de Zalduendo, estuvo latiendo y brillando una idea preciosa del toreo en versión clásica y añeja.
Manzanares abrevió con uno manso y dejó firmados dos o tres carteles de toros con el quinto. Y a Pablo Hermoso se le acabaron los dos toros que mató enseguida.