No es una cuestión baladí el que la baronesa Thyssen amenace con atarse a uno de los árboles centenarios que el plan para el eje Prado-Recoletos pretende trasplantar. Y no tanto por la simbología caricaturesca que tal actitud puede representar, sino más bien por el hecho de que la persona más destacada del mecenazgo contemporáneo español se rebele contra una decisión urbanística que afecta gravemente al objeto de su altruismo. No se olvide que Carmen Thyssen es tanto la causante directa de la venida de la formidable colección Thyssen a España, como la protagonista necesaria de esas negociaciones actuales que deben finalizar con la cesión al Estado de su colección particular compuesta por más de trescientas obras del arte moderno y contemporáneo.
En otras palabras, resulta evidente que la voz de la baronesa, su contribución y su dedicación al museo bien merecen un cierto respeto y una seria reflexión, ya sea desde los planteamientos urbanísticos o desde la perspectiva museológica. En ese sentido, lo primero es el análisis de los efectos que sobre el museo y su gestión puede ocasionar el establecimiento de un vial de cinco carriles que probablemente aumentará el flujo actual de tráfico cifrado en 110.000 vehículos diarios. Además, no es menos evidente la reflexión sobre esa desaparición del paisajismo que podría afectar a la perspectiva general del museo. Algo que se puede resolver, en buena lógica, conjugando el diálogo, el respeto a las demandas de la baronesa y la pericia del arquitecto Alvaro Siza.