Compuesta y sin maleta
 Montserrat Lluis
Si alguien temió que con el fin del Servicio Militar se acabaran también las batallitas con las que bombardear a nietos y demás familia, se equivocaba. Extinta la mili, toma el reemplazo en el anecdotario popular la aviación civil. Quien más quien menos -y más ahora que volar está por los suelos- tiene alguna experiencia que contar. Y para eso, por ejemplo, está nuestro Mosaico. La última le sucedió a servidora el lunes, cuando el avión que la llevó de Bruselas a Barcelona llegó con hora y media de retraso y le impidió conectar con el último vuelo entre la ciudad condal y Bilbao. A mí, que no a mi maleta. El comandante permitió subir mi equipaje, «aun sabiendo -tal y como admitió una azafata de tierra- que el pasajero no estaba embarcado» y que la aeronave aún no rodaba cuando yo reclamaba. «Tendrá que esperar a mañana. La compañía le paga alojamiento y cena» El peine también es gentileza del hotel. El pijama, ni soñarlo. O a soñar con él hasta las 6.00 horas, en que, si lo deseas, te despiertan «para que no pierda otra vez el enlace». Menos mal que mi enlaCe está aquí. Y ese sí que espero no perderlo
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