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Miércoles, 3 de mayo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Claves del desafío iraní
Prosigue la crisis atómica iraní. Aumenta la presión internacional, mas el Gobierno de Teherán parece muy feliz de poder desafiar al mundo entero. Pero vayamos por partes. Los norteamericanos llevan ya tres años empantanados en Irak, sin alcanzar el control de la situación. Sus actos no han estado a la altura de sus bravuconadas de ser la nación indispensable, la única superpotencia mundial, etcétera. Además, Irak sigue sin ver restaurados sus servicios públicos e infraestructuras más esenciales. Entre los musulmanes la fuerza puede provocar temor y respeto, pero la incompetencia sólo genera desprecio.

Las fuerzas armadas estadounidenses absorben sumas inmensas, pero el número de efectivos disminuye año tras año. Ahora mismo los norteamericanos están extremadamente cortos de infantería, viéndose obligados a llamar a los reservistas y la Guardia Nacional para mantener 150.000 soldados en Irak, cuando les harían falta 300.000. Se habla ya de cambiar las leyes para poder llamar más veces o por periodos más largos a los reservistas y la Guardia Nacional. Todo esto para ocupar un país de 430.000 km2, 29 millones de habitantes y casi todo él tan llano como una bandeja.

Se fantasea sobre una posible invasión de Irán, un país de 1.640.000 km2, 70 millones de habitantes y un relieve extremadamente montañoso. Sólo para empezar, los norteamericanos necesitarían 300.000 soldados que no tienen. Es así de sencillo: la suprema superpotencia no tiene tropas. Los 'halcones' de la actual Administración se imaginaban que lo de Irak iba a ser fácil y rápido, de manera que a mediados de 2004 serviría como base territorial y retaguardia segura para invadir el verdadero objetivo, Irán.

El presidente iraní, Ahmadineyad, alcanzó el poder mediante unas elecciones amañadas donde la gente sólo pudo votar a los candidatos permitidos por el régimen, habiendo sido descartadas las facciones que habían ganado por mayoría aplastante en las elecciones anteriores. Ahmadineyad prometió a las masas humildes de la población, la principal base del régimen, una rápida mejora de su situación, pero todo lo que realmente ha hecho es meter a Irán en un peligroso conflicto internacional.

Cuanto más desarrollado es un país, más fácil y rápido le resulta sacudirse cualquier tratado de limitación de armamentos. Un país medianamente industrializado como Irán podría someterse dócilmente a todas las restricciones e inspecciones de la comunidad internacional para desarrollar sin interferencias un programa nuclear civil. Una vez madurado dicho programa, levantada la infraestructura y entrenados todos los técnicos y científicos necesarios, crear el programa militar y fabricar las armas puede ser cuestión de meses, sin que haya manera de impedirlo.

La política exterior iraní parece deliberadamente diseñada para convencer a todo el mundo de que realmente desean fabricar armas atómicas en secreto. Su actitud frente a la ONU y la Agencia Internacional de la Energía sólo puede calificarse de chulesca. Eso no puede favorecer los intereses nacionales de Irán. En cuanto a Rusia y China, pueden hacerse los remolones a la hora de alcanzar un consenso contra Irán, pues de esta forma se hacen valer frente a Occidente, pero ellos tampoco desean que Teherán obtenga armas atómicas ni que estalle la guerra. Por lo tanto, al final Irán se encontrará solo.

Por otro lado, no está claro qué derecho pueden alegar las potencias nucleares para prohibirle a Irán su ingreso en el club atómico. Pakistán, Israel, Rusia, India, Estados Unidos, etcétera, tienen la bomba. ¿Por qué no Irán? Tal vez la próxima delegación negociadora debería estar formada por altos dignatarios de los países que no tienen la bomba porque no les da la gana tenerla, como Alemania, Argentina, Bélgica, Brasil, Canadá, Corea del Sur, España, Holanda, Italia, Japón, México, Sudáfrica, Ucrania, entre otros.

Tampoco está claro qué beneficio puede obtener Irán de poseer la bomba. Merece la pena meditar sobre este detalle, pues no es por casualidad ni por presiones exteriores que muchos países potencialmente atómicos hayan renunciado a serlo. El Gobierno iraní es una oligarquía colegiada de clérigos chiíes, siendo Ahmadineyad una especie de capataz o gerente que da la cara por ellos y les lleva ciertos asuntos. Esta oligarquía actúa de forma implacable, pero racional. No van a atacar a Israel ni a darle armas atómicas a Al-Qaida por la sencilla razón de que eso sería un suicidio. Ni las necesitan para defenderse de una invasión norteamericana. Estados Unidos puede bombardear Irán y probablemente acabará haciéndolo, pero ése es el límite actual de su poder.

Irán podría desactivar la crisis con un par de concesiones de menor importancia y algunas declaraciones conciliadoras. Los precios del petróleo serían altos de todas formas, sin los riesgos de sanciones ni de ataque militar. Es muy posible que las verdaderas razones del desafió iraní sean internas. La población del país está evolucionado, dejando atrás la sociedad tradicional de los ayatolás. El régimen todavía tiene una base social importante, sobre todo en el campo, pero se mantiene en la práctica mediante la falsificación electoral y la coacción militar. No se trata tan sólo del viejo truco de provocar un conflicto exterior para que todos hagan piña en torno al Gobierno. Los ayatolás identifican los cambios sociales con la influencia exterior. Creen de verdad que si los norteamericanos bombardean, la población se volverá nacionalista y xenófoba, y que eso detendrá el proceso de modernización. A la nación no le conviene el conflicto, ¿pero al régimen sí! ¿Y encima ganan dinero! Por lo tanto, parece que tenemos crisis para rato.



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