El Correo Digital
Miércoles, 3 de mayo de 2006
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OPINIÓN
CARTAS AL DIRECTOR
Hablando sin capirote
En réplica a mi artículo del 16-4-06 en el que yo comentaba la obvia teatralidad farisaica de la procesión bilbaína de Semana Santa que recorre la calle Las Cortes, me respondía en una airada carta el vicepresidente de la Hermandad de Cofradías Penitenciales de Bilbao (¿ay madre mía!) que «si lo que pretendía era ofendernos (ojalá fuera sólo eso) no lo ha conseguido». La verdad es que me alegro de no haber ofendido a nadie porque lo que yo pretendía era sólo hacer mi trabajo, que es reflexionar en voz alta, y si no voy a poder opinar ni sobre la procesión del barrio chino apaga y vámonos. Con el tono subido (y poco piadoso) de su respuesta el hermano penitente me confirmaba sin proponérselo que esa procesión responde a la vieja obsesión católica con las faltas referidas al sexo y al esparcimiento, que fueron las que menos le preocuparon al Nazareno que defendió a la adúltera, se dejó acompañar de las prostitutas y multiplicó el vino en las bodas de Caná. Si al Crucificado le preocupaban más la mentira, la avaricia, el robo o el asesinato sería más coherente que esa procesión se detuviera a pedir el perdón divino ante la sede del BBVA, la Subdelegación del Gobierno, las oficinas del Gobierno vasco o las herriko tabernas, no ante unos bares y unas mujeres que permiten olvidar al personal por unas horas que su sociedad está tan podrida.

La procesión de Las Cortes nació en la posguerra franquista -como la propia cofradía del Nazareno y todas las demás que hay en Bilbao- por lo cual es lógico que responda a la visión nacional-católica de aquellos años timoratos y siniestros. En los cristianos de hoy está renovar esas formas caducas y dotarlas de un nuevo contenido moral presentable al ciudadano de hoy. Por otra parte, no entiendo por qué la procesión de Las Cortes es la única en la que se cantan saetas. Eso responde a un puritanismo sabiniano que cuajó en el catolicismo sociológico de aquel Bilbao provinciano, clasista y racista en el que la inmigración era marginal y 'lo andaluz' se identificaba con el pecado. No veo en fin por qué hoy no se pueden cantar saetas en plena Gran Vía y ante el balcón del diputado foral. Creo, con buena fe de agnóstico, que todo eso sería menos chirriante, más cristiano, más moderno, más normalito y menos hipócrita.



Vocento