La celebración hoy del Día Mundial de la Libertad de Prensa, instituido por la Asamblea General de la ONU en 1993, viene a recordar el decisivo papel que los informadores y los medios de comunicación desempeñan para el logro y afianzamiento del sistema democrático y para el progreso en el mundo. El flujo libre y constante de noticias y opiniones constituye un requisito imprescindible para la consecución de los derechos humanos allá donde son negados por regímenes dictatoriales y por sistemas corruptos de poder. La extrema pobreza, el hambre y la enfermedad que condenan a países enteros a la marginación y a la muerte a miles de personas a diario encuentran sus mejores aliados en la ignorancia y la desinformación. Superar esas lacras se hará imposible mientras la corrupción se extienda por las zonas más depauperadas del planeta, los abusos de poder impidan el acceso de la población a la mejora de sus condiciones de vida y haya sociedades cegadas y amordazadas respecto a las oportunidades que podrían presentárseles. El acceso a una mínima información por los más desfavorecidos y el conocimiento que sobre su situación se tenga en las sociedades informadas son las dos caras de una necesidad global.
En los países desarrollados, la libertad de prensa se enfrenta a problemas más sutiles, a veces imperceptibles, que adoptan formas de autocensura, de sesgos informativos o de deterioro deontológico. Pero, aunque excepcionales, también se dan casos de brutal conculcación de derechos. La persistencia del terrorismo ha inspirado una concepción totalitaria sobre el papel que desempeñan los medios de comunicación en Euskadi y en España. Según ella, los medios y los propios periodistas se dividen en dos grupos: los que se comprometen en la búsqueda de soluciones al conflicto y los que tratan de que perdure. Este maniqueísmo atroz ha constituido la base argumental sobre la que el terrorismo etarra ha coaccionado a periodistas y empresas hasta llegar al asesinato por el desempeño de su profesión y como mecanismo para coartar la libertad de información y de opinión. Una situación que en ningún caso debe conducir ahora hacia una actitud de condescendencia acrítica por los medios de comunicación respecto a los designios de quienes pudieran acabar en breve plazo renunciando al uso de la violencia.