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Miércoles, 3 de mayo de 2006
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OPINIÓN/Menores agresivos
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Semanas después del suceso de Barcelona en el que perdió la vida una indigente, rociada de líquido inflamable al que después prendieron fuego tres muchachos, dos de ellos menores de edad, un hecho parecido vino a producirse en Bilbao durante la noche del pasado sábado, aunque su desenlace fue, afortunadamente, incruento.

Al parecer, cinco jóvenes, tres de los cuales eran menores, atacaron a un indigente que se había refugiado en un cajero de La Caixa para pasar la noche. «De hoy no pasa. ¿Te vamos a matar, hijo de puta!», le gritaban, mientras introducían papeles por debajo de la puerta del cajero, según consta en la denuncia que presentó la víctima de la agresión en Comisaría, «con intención de prenderles fuego». Con toda seguridad fue providencial para el mendigo la llegada de un coche de la Ertzaintza, cuyos ocupantes vieron a un grupo de jóvenes junto a una sucursal bancaria que, al percatarse de la presencia policial, salieron huyendo, mientras un hombre salía del establecimiento gritando que habían querido matarle.

Hubo un tiempo en que sucesos como estos provocaban una conmoción social considerable. Recuerden el caso del mendigo apaleado en la calle Ercilla hasta la muerte por cuatro muchachos que en el juicio se referían a su víctima como «don Silverio», que la pulsión homicida no nos haga perder los buenos modales. Hoy, hechos semejantes, a fuerza de repetidos, amenazan convertirse en rutina informativa para las páginas de sucesos de los fines de semana.

Las instituciones han empezado a plantearse en voz alta que algo pasa y ayer, tanto el alcalde como el diputado de Acción Social hacían llamamientos a replantearnos el problema desde un punto de vista educativo, en lo cual tienen, evidentemente, razón, aunque el diputado debería darle un par de vueltas más en la cabeza a sus primeras impresiones. No parece que el aumento de la criminalidad entre los adolescentes deba plantearse en términos de «es importante que los menores se conciencien de que los derechos son muchos, pero llevan aparejados también muchos deberes».

Con lo que chocan estos muchachos no es con el manual de urbanidad, sino con el Código Penal. Tampoco parece muy adecuada la propuesta de desarrollar «una gran campaña desde las instituciones, para evitar las situaciones de exclusión». Tal campaña es obje- tivamente deseable y necesaria en una sociedad desarrollada, pero no guarda relación con el problema que nos ocupa.



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