Murió por un tumor en el riñón que los médicos no detectaron. Eso sí, ante las quejas reiteradas del buen hombre, lo enviaron a psiquiatría. Los psiquiatras sí etiquetaron y diagnosticaron al quejica. Siempre nos encuentran una etiqueta. Padecía el buen hombre, según los galenos del alma, un trastorno somatomorfo con rasgos paranoides. En caso de no haber muerto, el resto de su vida habría cargado con el estigma de un enfermo mental. Leve, pero ya tocado por los dedos de la temida locura.
Poner nombre al miedo, a lo desconocido, a lo incomprensible, tranquiliza al ser humano moderno. Y cuando la medicina convencional no alcanza, siempre queda el recurso de la psiquiatría. Pobre del niño que, por razones de lo más peregrinas en muchas ocasiones, o por comodidad pedagógica, o por pereza paterna, pase por la consulta del psicólogo: de la etiqueta que, a buen seguro, le colocan ya no se librará para los restos. Es más, se verá obligado a responder a ella por más que no quiera o ya le cueste el papel impuesto.
Mejor adjudicar a un trauma la vagancia, la pura y genética, o la mala leche innata; mucho más tranquilizador un nombre compuesto, a ser posible en inglés o sucedáneo, que enfrentar al otro ser humano, nuestro hijo, para ver en él los estragos de nuestra falta de atención educativa o incluso nuestros defectos. Nada queda del viejo esfuerzo de los maestros antiguos, en el más amplio sentido de la palabra y que incluye a padres, abuelos y doctores, dispuestos a dedicar tiempo, experiencia, calma, pasión y afecto, sobre la inmadurez de quien ha de crecer a golpe de ir comprobando y probando; o al menos, ya no se regala, se cobra en el sillón profesional. Psicologizamos y nos quedamos tan tranquilos.
La cosa llega incluso a la televisión, reflejo de nuestras más oscuras vísceras, y la serie más esperada por los padres es una tal 'Supernanny', que se limita a dar consejos sobre cómo han de portarse los padres ante las rabietas de los niños. ¿Hay que verlos, tomando nota en papel de pautas y horarios como solución a su pereza y desidia!
Lo malo, y esto sin renegar de las bondades profesionales, es que conferimos tal poder al diagnóstico, tal capacidad de estigmatización a la palabreja-casilla donde nos ubican, que no existe forma de salirse.
Hemos dejado de abrazarnos, de contarnos los dolores del alma entre lágrimas y risas, hemos perdido los puntos cardinales de la compasión y necesitamos enviar a una bandada de psicólogos a los lugares de la desgracia como si fueran cuervos mensajeros de la profunda carroña donde se nos pudre el alma por falta de uso.