A Frank Marshall, productor ejecutivo de muchas de las películas de Steven Spielberg, parece que le atraen los espacios nevados y el filmar con animales. Inició su carrera como director con 'Aracnofobia' (1990), a la que siguieron 'Viven' (1993) y 'Congo' (1995). La primera con arañas, la segunda con mucha nieve y la tercera con gorilas. Ahora les toca el turno a los perros de trineo, esa raza especialmente dotada para el trabajo y sufrimiento en temperaturas límite, y que algún despistado se empeña en encerrar en un piso y asfixiarlos en climas calurosos.
La película viene de la mano de Disney, lo que significa que le acompañan toda una serie de valores -entrega, abnegación, fidelidad, amistad, etc.- que se ponen de manifiesto en la relación establecida entre la partida de perros y su dueño. La primera parte de la película, salvando ciertas incoherencias relacionadas con un meteorito, sirve para dignificar a estas razas de canes esquimales. El resto nos habla de un forzado abandono y de cómo el perro puede tener en el hombre, también, a su mejor y fiel amigo.
La película, rodada en parajes antárticos espectaculares, se alarga en exceso y no se muestra especialmente imaginativa a la hora de contar la lucha por la supervivencia en los 175 días de fría soledad. Tampoco los afanes de su dueño por organizar su rescate son especialmente emocionantes, por lo que nos queda la brillante interpretación de los canes y una colección de buenos sentimientos y emociones que comprendemos bien los que adoramos a estos animales.