Carlo Azeglio Ciampi se negó ayer a ser otros siete años más el presidente de Italia, lo que a sus 85 años significaba que podía cumplir 92 en el cargo, récord mundial y enésimo síntoma de la gerontocracia en este país. Tanto Silvio Berlusconi, que buscaba evitar un candidato indeseado, como Romano Prodi, que no quería pasar por descortés, le habían pedido que siguiera, pero Ciampi declinó la invitación en un último servicio y como si fuera la única persona sensata en la política italiana.
En una nota, explicó que su decisión se debe a su edad y a que ninguno de sus predecesores ha repetido mandato. Un párrafo sutil contenía la moraleja para los partidos italianos: «Interpreto esta convergencia sobre mi nombre como disponibilidad a la confrontación civil que es premisa indispensable para la solidez de las instituciones». Es decir, aconsejó a los políticos que hagan su trabajo, pues la hipótesis de su reelección era fruto de la negligencia de izquierda y derecha para ponerse de acuerdo sobre un sucesor. De este modo obliga a Prodi, vencedor de las elecciones del 9 y 10 de abril, y a la oposición a entenderse al menos en una cosa.
Y tendrá que ser rápido: el lunes están convocados Senado y Cámara de Diputados en sesión conjunta para elegir a su sucesor por mayoría de dos tercios o absoluta en una cuarta votación. No obstante, la tradición de que el jefe de Estado goce del beneplácito general impone un candidato elegido con amplio respaldo.
Hábil jugada
La reelección de Ciampi fue planteada oficialmente el martes por Silvio Berlusconi, en una hábil jugada para evitar que el centroizquierda lanzara a un candidato de su bando, como Massimo D'Alema o Giuliano Amato. Según Berlusconi, ya es suficiente con «dos ex sindicalistas» en la presidencia de las cámaras como para dar la jefatura del Estado a un ex comunista, como es D'Alema. Prodi se escudaba hasta ahora en la negativa de Ciampi, pero ayer no pudo por menos que sumarse a la petición de Berlusconi. Al final, a las siete de la tarde, Ciampi salió de escena por iniciativa propia y reabrió las quinielas.
D'Alema había dicho horas antes que su elección es «escasamente probable», pero sonó a modestia calculada y la verdad es que tiene algunos boletos. Es el candidato de La Unión más aceptable para Berlusconi, que no le desprecia completamente como a otros de sus colegas 'rojos'. De hecho, ambos se entendieron bastante bien cuando D'Alema fue primer ministro en 1998 y voces relevantes de la derecha apoyan su candidatura. No obstante, el cargo reclamaría alguien más neutral. Por su parte y para intentar seguir llevando la voz cantante, 'Il Cavaliere' lanzó ayer, nada más conocer la negativa de Ciampi, el nombre de Gianni Letta, 'cerebro' en la sombra de su Gobierno. El otro aspirante en la reserva del centroderecha es el hasta ahora presidente de la Cámara de Diputados, el democristiano Pierferdinando Casini. Con todo, en esta familiar atmósfera de cónclave, pueden ser 'papables' destinados a quemarse en un primer momento antes de llegar a los candidatos con verdaderas posibilidades.
Proceso faraónico
La nueva batalla no puede ocultar el marasmo de la clase política italiana, que no quería o no era capaz de dar con nadie para sustituir a un señor de 85 años que sólo deseaba jubilarse en paz. Ha tenido que ser el propio Ciampi quien renuncie, un gesto aislado en el inmovilismo general, con un Parlamento donde el 22% de los diputados y un 35% de los senadores tiene más de 60 años. Sólo un 8% del total tiene menos de 40.
La elección del jefe de Estado será faraónica, con 1.010 electores y los farragosos precedentes en las votaciones para los presidentes de ambas cámaras. No obstante, de la velocidad con que se resuelva este trámite dependerán los tiempos para la formación del nuevo Gobierno de Prodi, pues tiene que ser el próximo presidente de la República quien le nombre primer ministro.