La dirección de Esquerra Republicana ha recibido un importante varapalo con los resultados de las 12 asambleas celebradas en la noche del pasado martes sobre la posición en el referéndum del Estatuto. En sólo una de ellas se respaldó la posición de la dirección que, sin votos en contra y la única abstención de la representación de los jóvenes, aprobó priorizar el voto nulo o blanco por encima del 'no'. Por el contrario, los afiliados que han participado en estas asambleas han acordado por abrumadora mayoría, precisamente, lo contrario: dar prioridad al voto negativo, expresión clara y concreta del rechazo de Esquerra al texto estatutario.
Con independencia del número de afiliados que han participado en estas asambleas, el resultado expresa con claridad el distanciamiento de las bases del partido respecto de la dirección por cómo se ha gestionado la posición política sobre el Estatut. Parece claro que la rebelión de las bases tiene que ver también con la prioridad estratégica que la dirección ha dado a la continuidad de ERC en el tripartito catalán, hasta el punto de que muchos militantes han considerado que la posición 'light' que refleja el voto nulo o blanco constituía, precisamente, el precio político a pagar para mantenerse en el Gobierno.
No lo tiene fácil el Consejo Nacional que en su reunión de mañana deberá adoptar la decisión final. Salta a la vista que va a resultar difícil compatibilizar en una única fórmula las diferencias de opciones que se presentan internamente y que, además, reflejan en términos parecidos la diversidad de opiniones que se da sobre esta cuestión en el electorado de esta formación. Con una diferencia sustancial, si cabe, que es preciso destacar: el rechazo al Estatut es mucho mayor en el partido que entre los votantes. Es decir, una buena parte de entre los votantes no sólo discrepa de la valoración política que ha realizado la dirección, sino que además va a dejar constancia de la misma en el referéndum del 18 de junio.
Probablemente, los términos que mejor reflejen la actual situación de Esquerra y de lo que socialmente representa esta formación sean descontrol y confusión. Desde el anuncio del acuerdo Mas-Zapatero los republicanos se han encontrado perdidos en sus reacciones, confusos y sin un norte claro. Han contribuido a debilitar la sólida posición política que habían alcanzado al saber combinar con inteligencia la relevancia institucional que les daba el ser la fuerza emergente en el Gobierno, con el compromiso activo y hasta con el liderazgo ejercido en la negociación del Estatut en el Parlamento de Cataluña.
Esa combinación es la que le podía permitir abordar con solvencia y credibilidad la disputa del electorado convergente y la catalanista de los socialistas. La reacción infantil que siguió al acuerdo de Mas-Zapatero rompió aquella combinación inteligente, se quedó sin estrategia seria y eficaz ante el autogobierno y provocó muchas interrogantes del por qué de su continuidad en el Gobierno. En definitiva, dieron la respuesta que buscaba Artur Mas, aquella que a la larga podría traer la crisis del tripartito y/o el adelanto de las elecciones.
x.gurrutxaga@diario-elcorreo.com