En este año del cincuentenario del fallecimiento de Pío Baroja se ha producido una polémica entre los partidarios de rendirle homenajes públicos y otros que se muestran más reticentes. Dado el peculiar carácter de don Pío, se podría pensar que la discusión le habría divertido, pero tal vez no habría sido el caso porque tuvo una actitud mixta hacia la fama y la gloria que quiero discutir aquí.
Tras el deseo histórico de fama de los hombres de letras, en búsqueda de la gloria terrestre que les aseguraría una gloria eterna, en el siglo XIX apareció el héroe romántico, que se alzaba contra todas las formas de opresión, individualmente de manera a menudo suicida, porque no consideraba al éxito como un criterio de grandeza. Baroja era un ejemplo de esa tendencia: «Yo he vivido de joven, reconoció, un final de época romántica que me ha formado el espíritu para siempre».
Como contestatario que era, don Pío tuvo con la fama una postura ambivalente. Por una parte, en sus 'Memorias' mostró un total desprecio hacia la gloria («¿La fama? ¿Qué idea más ridícula!»), criticando a quienes la buscaban, como Valle Inclán, de quien diría que «tenía una serie de ambiciones completamente corrientes y burguesas: el entusiasmo aristocrático y el de la gloria». Por otra parte, es claro que tuvo, en la adolescencia, grandes aspiraciones de éxito, con un ideal de sí mismo alto aunque no lo confesara sino parcialmente: «Nunca -dijo- creí que fuera un genio, pero sí que había en mí ciertos rasgos de imaginación y talento, que siempre he procurado resaltar». Sin embargo, lo que seguramente habría deseado es ser el superhéroe de Nietzsche, o el héroe de Rank, que se opusieron valientemente a su padre y terminaron por vencerle, como su personaje de 'El árbol de la Ciencia', Andrés Hurtado, al que, suicidio incluido, consideró «un precusor»
Don Pío tenía, en contrapartida, una autoestima muy precaria. Se mostró siempre muy preocupado por su apariencia física y quejoso de su aspecto anodino: «Yo no he tenido nada particular como tipo (...) soy un hombre ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni muy rubio ni muy moreno (...) al igual que mi madre he sido dolicocéfalo (...) en mis movimientos he sido siempre torpe (...) la opinión femenina no me fue nunca favorable». Pensaba, en cambio, que los retratos que le habían hecho no correspondían a la realidad y le afeaban. Estaba también descontento de su carácter: «Yo no soy ni he sido un tipo fuerte y duro de voluntad enérgica, sino más bien flojo y un tanto desvaído; más un tipo de final de raza que de comienzo». Se encontraba vulnerable por su exceso de sensibilidad: «Mi sensibilidad era como un órgano sin revestimiento, sin piel; así, el más pequeño contacto con la aspereza de la vida española me hacía daño».
El peor insulto que se le podía aplicar era considerarle mediocre y parece que recibió un sinnúmero de observaciones negativas sobre su valía en la niñez y la adolescencia, épocas tan cruciales en el robustecimiento de la autoestima.
Así, en San Sebastián, su maestro, don León, dijo un día, a modo de pronóstico, refiriéndose a él: «Éste va a ser tan cazurro como su hermano». Alguien dijo de él, de niño, que era un zulú, «palabra -dice don Pío- que entonces se empleaba mucho para calificar a un salvaje y a un bruto». En Pamplona, un profesor le dijo que «no llegaría a ser ingeniero como su padre y que no haría nada de provecho en su vida». En Madrid, un catedrático, dirigiéndose a él, habló de los vascos como personas de mandíbula «batiente» y más bien obtusas. Recordó siempre los supuestos agravios de Gómez de la Serna, del pintor Solana y del catedrático Letamendi.
Baroja no perdonaría nunca estas heridas narcisistas y, como dice Ortega y Gasset, tal vez su extensísima producción literaria fue un intento de demostrar la inexactitud de las afirmaciones sobre su falta de talento.
Baroja fue un hombre tímido, no sólo con las mujeres, sino con todos los seres humanos. Aunque tuvo amigos íntimos, fueron también, en general, más bien, admiradores, verdaderos 'barojianos' identificados por una u otra razón con don Pío y deseosos de ser aceptados por éste en el círculo reducido de sus amistades. «En aquella época, dijo, a fuerza de timidez hubiera sido capaz de hacer algo de una gran bravura».
Se confesó, en ese sentido, excesivamente hiperestésico y susceptible a las opiniones de los demás: «Quizás mi mayor pecado haya sido el orgullo (...), yo, de humilde, no tengo ni he tenido más que rachas un poco budistas». En consecuencia no es de extrañar que publicara unas 'Memorias' tan extensas y que no pudiera evitar destacar en ellas todo lo que apoyaba su prestigio, de lo que él se disculpó: «Es difícil, comentó, hacer una autobiografía que no sea, en el fondo, apologética».
En el plano personal reseñó las contadas alabanzas que recibió de niño, como el que uno de sus profesores dijera: «Usted, señor Baroja, tiene una inteligencia clara, que, si la aprovecha, obtendrá fruto de ella». Recogió las menciones de algunos periódicos extranjeros que le señalaron como candidato a Premio Nóbel. Le halagó la pompa que rodeó al acto en la Academia de la Lengua: «Como me vieron en la Academia con frac, como cualquiera, se quedaron maravillados como si hubiera hecho una maniobra de prestidigitador».
En el plano social, aunque Baroja afirmaba que no le preocupaba nada la nobleza, buscó blasones y ejecutorias referentes a sus antepasados en las librerías de viejo y, en su casa de Vera, restauró el escudo de los Alzate.
Baroja no contó con muchas gratificaciones afectivas de joven, aunque, a partir de una determinada edad, sí que obtuvo halagos por los éxitos que contribuyeron a paliar su desmedida agresividad. Aún entonces, como comenta Sebastián Juan Arbó, continuó estando necesitado de amor, de ternura, sospechando que nadie le había querido, afirmación que puso en boca de uno de sus personajes.
En realidad él mismo se ganó las respuestas hostiles de todos aquellos a los que criticó, que, dicho sea de paso, fueron incontables: Todos los partidos políticos, la mayoría de los artistas e intelectuales contemporáneos, el psicoanálisis... Sin embargo, tras haber encontrado a lo largo de mi vida a muchos barojianos entusiastas he constatado que pertenecían a menudo a los grupos que había denostado.
Los grandes hombres son la creación consensual de un grupo que trascienden su época para llegar a ser mitos y entran en la memoria colectiva. En el caso de Baroja, ha sido una referencia para muchas personas independientes, 'electrones libres', en algún sentido anarquistas. Don Pío ha perdurado como una de las pocas figuras literarias vascas universales y sin duda merece los homenajes que, a pesar de discusiones de tufillo político, ya se están preparando al 'hombre malo de Itzea'.