T odo el mundo se queja, con la excepción de algunos saqueadores de Marbella, de la lentitud de la justicia. La diosa de los ojos vendados tarda lo suyo, más lo de los señores jueces. Parece que en vez de dos platillos vacíos tuviera que acarrear dos bidones de aceite tan virgen como ella. Sí. Se lamenta todo el mundo de su parsimonia, que nada tiene que ver con la frugalidad ni con la templanza, que son la primera y la segunda acepción de la palabra, sino con la tercera, que define el vocablo parsimonia como cachaza. El que tiene más motivos para quejarse es ese condenado a muerte en el Estado de Ohio que ha tardado 90 minutos en pasar a mejor vida. Exactamente lo que dura un partido de fútbol, sin contar el descanso, fue lo que tardó el hombre en descansar en paz.
En los Estados Unidos vuelve a debatirse la pena capital, también llamada 'homicidio legal'. No sólo se discute su licitud, sino los procedimientos que han venido usándose tradicionalmente. Como se sabe, la silla eléctrica hacía subir demasiado el recibo de la luz de las penitenciarías y se optó por la inyección letal, pero en algunos casos no es tan letal. A los drogadictos resulta muy dificultoso encontrarles la vena y además, si son criminales y tienen una vena de loco, se produce la confusión. Ha sido el caso de este hombre de 57 años que ha tardado tanto en morirse. «Muchos tragos son la vida y un solo trago es la muerte», pero no debiera ser tan largo. «Esto no funciona, esto no funciona...», le oyeron decir los verdugos tras la cortina que les separaba del reo. El finalmente fallecido fue condenado en 1984, o sea, que se pasó la vida esperando la muerte, que nunca fue puntual. Quizá su caso les haga reflexionar a los partidarios de matar con todas las de la ley.