Las dos principales falacias científicas de los expertos en tráfico y la Dirección General de Tráfico son: primero, que hay una velocidad segura, y segundo, que hay conductores que no cometen equivocaciones al volante. La leyes de la física nos dicen que a mayor velocidad conduciendo, menor tiempo de reacción ante cualquier contratiempo para evitar una colisión; sea el estado del conductor sereno o borracho, con suelo mojado o seco, en carreteras viejas o autopistas, en días lluviosos, con niebla o soleados, con coche nuevo o viejo, siempre será menor el daño cuanto menor sea la velocidad del coche. Los limitadores de velocidad o que los coches salgan de fábrica con motores que no puedan superar los 120 kilómetros son la única garantía para que no haya más muertes por exceso de velocidad. Cualquier otra medida está sujeta al estado de percepción de cada conductor. ¿Existe algún ser humano que no se equivoque nunca al volante, algún conductor que nunca tenga prisa, al que nunca le agobie un problema y desvíe su atención al volante? Todos ellos son potenciales víctimas de accidentes.
Ante tal evidencia, ¿por qué se fabrican coches que corren a más de 130 si el límite son 120? Muy fácil: por los intereses creados. Sería la ruina de todos los fabricantes de los prototipos deportivos, la ruina de los fabricantes de motos de gran cilindrada; la crisis de la industria del petróleo debido al menor consumo a bajas velocidades. En contra de aplicar esta lógica, los motores de los vehículos que se venden tienen cada día más potencia. Poderoso caballero es don dinero: los muertos y lesionados sólo son un 'daño colateral' que no aparece en el balance de beneficios de las grandes multinacionales del automóvil y el petróleo.