La industria vasca atraviesa una situación difícil. Más o menos, como todos sus competidores radicados en países similares al nuestro, con costes al alza y competitividad a la baja. El problema es de diagnóstico sencillo y de receta fácil, aunque no por ello agradable. La clave de su solución no reside ni en la identificación de la enfermedad ni en la descripción del tratamiento. El problema consiste en que la medicina recetada resulta muy amarga; y la dieta propuesta, tremendamente exigente.
La Federación Vizcaína de Empresas del Metal hizo ayer una exposición muy preocupante. El síntoma: las compañías vizcaínas del sector perdieron 2.700 empleos durante el pasado año, principalmente localizados en sus sectores más tradicionales. El diagnóstico: a pérdida constante de competitividad que provoca un diferencial de inflación excesivo con nuestros competidores principales. El tratamiento: Innovar mejor, trabajar más horas y de manera más flexible, ser más agresivos en la exportación, avanzar en lo que los responsables de la patronal llamaron la 'deslocalización expansiva' y rebajar el impuesto de sociedades.
En este amargo tratamiento hay elementos, pocos, que se pueden discutir y matizar, pero es imposible discrepar de su orientación general por más que moleste a algunos y perjudique a otros. No estamos solos en este mundo -gracias a Dios-, y además de lo que hacemos y de cómo lo hacemos, hay que conocer y considerar lo que hacen los demás y también cómo lo hacen.
Encontrar la coherencia entre los productos fabricados y los costes incurridos es una exigencia permanente, de validez universal y atemporal, que no nos podemos quitar de encima. Cuando te desvías de ella, lo pagas con la triste moneda de los empleos destruidos. En 2005, el desvío de esta receta nos costó la respetable cifra de 2.700 empleos. ¿Cuántos más destruiremos antes de que nos demos cuenta de la cruda realidad?