Durante más de tres horas de reunión, los presidentes de Argentina, Bolivia, Brasil y Venezuela discutieron ayer en Puerto Iguazú el impacto de la decisión adoptada el lunes por Evo Morales de nacionalizar los hidrocarburos y militarizar 56 campos petroleros y gasísticos. Si bien sus vecinos aceptan que se trata de una medida soberana de Bolivia, el país más pobre de Sudamérica, la iniciativa ha causado sorpresa, preocupación y malestar en la región; particularmente, en Brasil, con fuertes inversiones en esa nación y muy dependiente de su gas. El único que apoyó sin fisuras el líder cocalero fue el venezolano Hugo Chávez, que llegó con él a la cita en la localidad turística argentina.
Como si fuera su representante legal, Chávez aplaudió la decisión del presidente indígena y admitió que «hay discrepancias internas» en el bloque regional «que generan tensiones». Además, insinuó que esas tensiones son agitadas por Washington al afirmar que provenían «del norte». Pero bregó porque finalmente «se imponga la gran política y la visión de los líderes».
Menos diplomático, Morales acusó a la petrolera brasileña Petrobrás de «chantaje» por anunciar la congelación de sus inversiones en Bolivia y reiteró que la nacionalización «es una decisión soberana». «No negociaremos nada sobre ese tema», anunció antes del encuentro. La compañía estatal brasileña, principal inversora extranjera en el país andino, también anunció país, que rechazará un eventual aumento de precios del gas y que apelará a tribunales de Nueva York para frenar la expropiación de sus acciones.
La amenaza contrasta con la actitud dialogante del presidente brasileño, Lula da Silva, que había respaldado a Morales en el proceso electoral que lo llevó al poder. «No existe crisis Bolivia-Brasil», aseguró Lula. Sin embargo, considera que el dirigente boliviano debió evaluar el impacto que su 'decretazo' tendría en Brasil e intentar una solución dialogada que no coloque a Petrobrás contra las cuerdas.
La dependencia de Brasil
Brasil acaba de anunciar que su potencial le permite autoabastecerse de petróleo. No obstante, depende de Bolivia para proveer de gas al estado de San Pablo, donde se radica la poderosa industria de este gigante sudamericano.
Cada día, mediante un gasoducto construido por Petrobrás, Brasil importa cerca de 30 millones de metros cúbicos de gas boliviano, que representa 67% del consumo brasileño de ese fluido. El acuerdo entre ambos países estaba supuestamente garantizado hasta 2019. Además, la firma estatal tiene pozos, refinadoras y gasolineras en Bolivia, donde el 67% de la población vive en la miseria y sin acceso a la red de gas domiciliaria.
La decisión boliviana prevé, además, subir el precio del gas que vende a sus vecinos. Argentina ya estaba negociando la tarifa. Bolivia le vende cinco millones de metros cúbicos diarios de gas -un 4% de lo que demanda este país- a 3,18 dólares el millón de BTU. Pero el precio de mercado está actualmente cerca de los siete dólares. Por eso, Bolivia negocia una revisión al alza de la tarifa hasta llegar por lo menos a cinco dólares por unidad. El presidente argentino, Néstor Kirchner, está dispuesto a negociar y fue a la cumbre a petición de Lula. En Argentina, la principal petrolera es la española Repsol-YPF, cuyo presidente, Antoni Brufau, se reunió con Kirchner esta semana en Buenos Aires.