Ya tenemos un nuevo transporte público para completar un abanico de posibilidades verdaderamente extraordinario. Amén de los autobuses y los taxis, tenemos metro, tren de cercanías, tranvía, microbuses, el Tximbito, funiculares, ascensores, gasolinos, transbordador y ahora vamos a incorporar el txirrintxi.
¿Y qué es el txirrintxi?, se preguntarán ustedes con recogimiento y altas dosis de expectación. Pues es un taxi-bicicleta, como los que han podido ver en algunos países del sudeste asiático y en Cuba a partir del Periodo Especial. Se trata de un ingenio movido en lo esencial por la fuerza locomotriz que el conductor posea en las piernas.
El ingenio, que al parecer es alemán de construcción, tiene un diseño vanguardista, como no podía ser menos. El éxito del tranvía y el metro, que tiene admirados a propios y a extraños, no podría soportar una competencia hortera y con aspecto tercermundista. El nuevo transporte público estaba obligado, por otra parte, a no desentonar con una ciudad firmada por grandes arquitectos y brillantes diseñadores. El único inconveniente que le veo es que resulta un poco caro, 12.000 euros, si se tiene en cuenta que por un poco más se puede comprar un taxi de verdad, de los que eximen al conductor del pedaleo, si bien eso no debería constituir un obstáculo insalvable en una tierra que ha dado al mundo grandes txirrindularis, como Loroño, Gabica y Galdeano. Tiene el artefacto un pequeño motor para el arranque y las cuestas. Esto es lo que ganamos con la tecnología. Antaño, antes de que fuéramos un país industrial, cuando era un medio de transporte habitual el carro tirado por caballerías o ganado vacuno, el método más habitual para remontar los desniveles era la vara ayudada por algunas imprecaciones a lo divino enunciadas en tono enérgico. Contaba el inolvidable Luis Carandell que, en un pueblo cuyo nombre no recuerdo, la autoridad competente había hecho clavar en los caminos que partían del pueblo un letrero con la advertencia: «Se prohíbe blasfemar (excepto en las cuestas arriba)».
Que sea para bien.
s.gonzalez@diario-elcorreo.com