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Sábado, 6 de mayo de 2006
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DEPORTES
ALAVÉS
La Romareda, una mina
La Romareda, una mina
ALOISI pugna con el defensa zaragocista Álvaro durante el partido de la primera vuelta jugado en Mendizorroza. / IGOR AIZPURU
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LOS NÚMEROS

LOS NÚMEROS
El Alavés en La Romareda

1998-99: 1-1

1999-00: 2-1

2000-01: 2-2

2001-02: 0-2

El Zaragoza en casa

Jornada 25: 0-2 con el Barcelona.

Jornada 27: 1-2 con el Getafe.

Jornada 29: 1-1 con el R. Madrid.

Jornada 31: 0-1 con el Villarreal.

Jornada 33: 1-2 con el Cádiz.

Jornada 35: 1-2 con el Espanyol.

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¿Es el Zaragoza un motivo de preocupación para el Alavés? Si se mira a la clasificación y la imperiosa necesidad de obtener la victoria de los albiazules, así es. Si se tienen en cuenta sus enfrentamientos más recientes en La Romareda y la actual situación de los aragoneses, es sin duda alguna el mejor momento para medirse a los maños.

El Alavés afrontará mañana su penúltima oportunidad para abandonar los puestos de descenso, para dar un impulso casi definitivo a sus aspiraciones mirando de reojo a sus directos rivales. Pero ante todo hay que puntuar y si se puede, ganar. Algo que no es desconocido para el conjunto vitoriano, que en tres de sus cuatro últimas visita a Zaragoza en Primera ha puntuado. Una mina el estadio maño.

En el retorno a la máxima categoría del fútbol español en la temporada 1998-99, arrancaba un empate con un tanto de Gerard. Corrió peor suerte en la campaña siguiente ya que el gol de Kodro de falta no fue suficiente (2-1). En la 2000-01 se registraba otra igualada en el marcador (2-2). Javi Moreno y Desio fueron los goleadores albiazules.

En su última comparecencia a orillas del Ebro el Alavés llegaba como líder tras haber superado en el choque anterior al Barcelona y se llevó los tres puntos con dos goles de Rubén Navarro (0-2). Esta misma temporada (2001-02) y a cuatro jornadas para el final, se imponía en Mendizorroza 2-1 y certificaba casi el descenso maño.

Los ascensos y descensos de ambos equipos no han querido que se vean las caras de nuevo hasta el trascendental duelo de mañana. Un partido en el que nada se juega un Zaragoza inmerso en una crisis de resultados y enfangado en una batalla interna. La contundente derrota en la final de Copa ante el Espanyol ha pasado factura y ha resquebrajado la moral de una plantilla que estaba llamada a hacer cosas importantes.

Tras aquel fatídico 12 de abril en el Bernabéu no ha ganado ninguno de los cuatro partidos jugados desde entonces. Una racha que se amplía hasta ocho si se cuentan los anteriores a la final. Y lo que es más grave y el dato al que puede aferrarse el Alavés para pescar en río revuelto, que como local sólo ha sumado dos puntos de 18 posibles en sus seis últimos encuentros. Cuatro derrotas y dos empates es el bagaje antes de recibir a los babazorros.

Un vestuario dividido

La inestabilidad ha llegado hasta el punto de que una parte del plantel aragonés -la conformada por los hombres que no cuentan para Víctor Muñoz- no se habla con la otra parte. El técnico zaragozano, discutido por los seguidores y con muchas posibilidades de no continuar en el banquillo la próxima temporada, ha querido imponer su autoridad en el vestuario.

Su enfrentamiento más directo lo ha protagonizado con José María Movilla. La crisis con el centrocampista arrancó el 6 de noviembre en el Santiago Bernabéu. El entrenador le sentó en el banquillo para dar entrada a Celades y el madrileño pidió explicaciones. La erupción definitiva -la grada pide cada día que juegue Movilla- llegó tras la final de Copa.

«Nunca me he sentido respetado por el entrenador. Sólo me ha utilizado cuando no ha quedado otro remedio», declaró el jugador y Muñoz respondió al desafío de su pupilo. Le dejó fuera de la convocatoria ante el Espanyol y para que quedara claro que le arrinconaba citó a 17 jugadores. El técnico dio un paso más. «Le he dicho a Movilla lo que debía decirle, aunque igualmente hablaré con el club sobre su comportamiento».

La convulsa actualidad que vive el Zaragoza puede ser una aliada para el Alavés. También que no se juegue nada, tan sólo despedirse de su afición con una victoria.



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