Puestos a buscar motivos para el optimismo de cara al partido de mañana, el primero de todos ellos es que el Athletic se va a enfrentar a un Deportivo reñido con Riazor. Y es que, del mismo modo que hace tiempo que el equipo coruñés no es el 'Superdépor' deslumbrante y fiable de sus mejores épocas, tampoco su estadio es el feudo inexpugnable que era hasta hace un par de temporadas. Más bien sucede todo lo contrario. Los resultados de esta temporada convierten Riazor en uno de los estadios más propicios de la Liga para los visitantes. 6 victorias, 5 empates y 7 derrotas han contemplado esta campaña los aficionados del Deportivo; es decir, unas cifras similares a las del Athletic en San Mamés. Con eso y con recordar que en ocho partidos no ha sido capaz de marcar un solo gol delante de su público está dicho todo sobre la fiabilidad de los gallegos en su propio campo. «No hay duda de que es su talón de Aquiles», reconoce Jabo Irureta, su anterior entrenador.
De hecho, si el próximo rival del equipo rojiblanco en este angustioso final de Liga se encuentra todavía peleando por la UEFA o, en el peor de los casos, por el primer puesto de cara a la Intertoto, ello se debe a que, a base de agresividad, de remanentes de oficio, de una defensa solvente y de sacar petróleo en las jugadas de estrategia, a las que Caparrós se agarra como a un clavo ardiendo, está superando de largo como visitante sus cifras como anfitrión. Llegados a este punto, la pregunta es obvia. ¿Qué le ocurre al Deportivo para romper de este modo lo que en el fútbol es casi un principio de lógica pura? ¿A qué se deben sus problemas en Riazor?
La respuesta tiene que ver con un defecto estructural del equipo coruñés, un bloque con aptitudes para resguardarse y contragolpear pero que sufre una enormidad cuando se ve obligado a llevar la iniciativa del juego ante rivales que le responden con su misma moneda, es decir, con un repliegue bien ordenado en busca de los espacios que puedan quedar libres para el contrataque. «En casi todos los partidos de casa ocurre lo mismo. El equipo lo intenta pero se estrella una y otra vez. Incluso con Valerón tenía problemas, pero desde que se lesionó todo fue a peor. Sencillamente, falta calidad en el centro del campo y el juego es malo y previsible», comenta un cronista coruñés.
Nostalgia de Makaay
Ciertamente, la baja del canario vino a fundir buena parte de los plomos del Deportivo, que se quedó sin su cabeza pensante, sin el único hombre capaz de ver el fútbol más allá de lo evidente. A ello hay que sumar otro déficit incontestable del conjunto gallego, como es la ausencia de un goleador de garantías. Tristemente para él y para el fútbol, Diego Tristán ha dejado de serlo. Es cierto que lleva once goles -cuatro de ellos de penalti-, pero ni su rendimiento ni su eficacia han hecho posible que los seguidores deportivistas se olviden de los buenos tiempos de Makaay, uno de esos tipos que convertían en gol hasta el peor pepino. Otro dato ilustrativo a este respecto: los 46 tantos que lleva el Deportivo son el peor registro del equipo desde la temporada 1990-91.
Cuando a Joaquín Caparrós se le hacen estas comparaciones acostumbra a torcer el gesto y a componer una mueca de sarcasmo. «En el fútbol, la chispa y el gol son money, money», se defiende el sevillano. Y lo cierto es que no le falta razón. Efectivamente, buena parte de los problemas actuales del Deportivo para ser el equipo de élite que fue hasta hace dos temporadas no pueden explicarse sin la grave crisis económica que desangra a la entidad. Aunque Augusto César Lendoiro no acostumbre a ser muy diáfano que se diga con las cifras, los indicios más serios apuntan a una deuda de 155 millones de euros y a la necesidad de realizar verdaderos encajes de bolillos para poder refinanciarla de algún modo.
Incógnitas
Las consecuencias de esta crisis económica sobre el equipo están a la luz del día. Por un lado, el futuro de algunos jugadores importantes de la actual plantilla es una incógnita: léase Molina, César, Duscher, Víctor o Andrade, al que su grave lesión le impidió cambiar de aires en enero. Por otro, el Deportivo no es capaz de efectuar la transición deportiva que demanda su plantilla y sentar unas bases sólidas y sugerentes de cara a años venideros. Intenta hacerla con chavales de la cantera como Iago, Iván Carril, Chapi y Xisco, pero necesita buenos fichajes. Y en este aspecto su punto de mira se ha rebajado muchísimo. Ahora sólo se fija en los saldos. Hombres como Arizmendi, cuyo único gol desde su llegada en enero fue aquel regalo que Aranzubia le hizo en San Mamés, Taborda o De Guzmán no son futbolistas que otorguen ningún plus de calidad. Y lo mismo ocurre con los fichajes más o menos apalabrados para la próxima campaña: Lopo, Juan Rodríguez o Pablo Álvarez, del Sporting.
Es evidente que Lendoiro se ha visto obligado a bajar el listón para disgusto de sus aficionados e incluso de su entrenador, que tras unos primeros meses de idilio con su presidente se acabó distanciando de él tras agarrarse un cabreo monumental cuando la Real le birló a Mark González en el mercado de invierno. Así las cosas, el Athletic se enfrentará mañana a un equipo temperamental y correoso como suelen serlo los de Caparrós (que sus dos jugadores más destacados esta temporada hayan sido Duscher y Munitis es todo un síntoma) pero denso, poco lúcido y falto de gol. Hay que aprovecharse de ello.