'Meti' lloraba en un rincón. Tenía que hacerlo. Era su momento de reflexión, de recordar los buenos momentos y olvidar los peores. Tres años, 1.095 días, muchas horas y casi infinitos minutos de trabajo para vivir esta sensación. Era imposible contener las lágrimas. Unos, los menos, lo hacían sin pudor; pero otros, los que más, encontraban la excusa perfecta: «Es lo que tiene el champán cuando se mete en los ojos». Hay que entenderlo, son jugadores de balonmano: viriles, contundentes. Llorar está prohibido. Es un axioma de este deporte.
Hasta ayer. Cuando a las 20.30 horas, Iván Carbonero, otro directivo del equipo, saltaba por la grada del Palacio de un lado para otro dando la buena nueva, cual mesías desbocado, todo era contención. Pero a partir de que Carbonero hiciera público que el Pozoblanco había perdido, todo estaba permitido. La grada donde se suele situar el improvisado palco en las grandes ocasiones saltó, el resto del Palacio estalló a continuación en un rugido acompasado -como si hubiera estado ensayado-, y Suárez y su banquillo no ocultaron ni mucho menos la alegría. Brazos al alto, giro hacia la grada -el partido justo en ese instante, por un segundo muy dulce, daba igual-, y a saltar de emoción.
Durante unos minutos al banquillo no le importó lo que sucedía sobre la cancha. Quería vivir a pleno rendimiento el hito de ascender con un club de sólo tres años de historia, quería sentir lo que estaban trasmitiendo unas gradas con 3.600 personas entregadas a su equipo de siempre, para unos cuantos centenares, y de ayer, para otros cuantos cientos que se unieron a la fiesta justo en el mejor momento.
Y fue la grada precisamente la que anticipó lo que iba a suceder durante todo el partido. El resultado no importaba. Había que aprovechar la fiesta desde el principio. Porque las 3.600 personas llegaron ya calientes al Palacio. «Que no se diga que en Logroño no sabemos animar», le decía un aficionado repleto de complementos hasta arriba a otro mucho más discreto. Desde el calentamiento, cuando el equipo y sobre todo el entrenador pretendía mantener la calma, la grada lo advirtió: «Hoy marcaremos nosotros el ritmo». Y así fue.
Hasta las 20.30 horas, 'calma chicha'. Y a partir del minuto 31, el jolgorio padre. Gol en contra, aplausos para el portero local; gol a favor, con más motivos; error del árbitro, «no pasa nada, la liga está ganada»; jugador rival desquiciado, «bobo, bobo...». Del partido, poco más. El festejo era mucho mayor: «¿El año que viene Logroño es de Asobal!». Lo cantó Ricardo, Víctor Uriarte, Andrés, Manolo, Loli y 'la' Conchita -la hija pequeña de Andrés-. Las 3.600 personas.
Final perfecto
Y con el final del partido -un tanto extraño porque el marcador se estropeó (algo tenía que fallar)- la celebración acabó por desmadrarse. El público entregado, los jugadores entregados, y los fotógrafos empapados. Vuelta de honor, abrazos y susurros al oído entre compañeros, la charanga a pleno rendimiento, los bombos de los peñistas sufriendo como perros y las palmas de las manos gozando de lo lindo. Era el día.
«Esta noche perdemos los papeles». Ésa era la consigna. Primero en el vestuario, luego en los aledaños del Palacio con el bocadillo y las primeras 'copitas' de la noche, y después: «La fiesta colocará cada uno en su sitio». Disfrutadlo campeones.