Fuertemente comprometido con Cruz Roja, a lo largo de sus 32 años en la entidad ha visto cientos de casos que le han conmovido, como víctimas de malos tratos o situaciones dramáticas en el seno de las familias. Sin embargo, ha aprendido que la función de los voluntarios no es convertirse en héroes sino ayudar todo lo posible dentro de sus límites. Pero, tal y como asegura Lorente, eso no es siempre fácil.
-Durante tantos años como voluntario habrá conocido historias muy duras.
-Ves muchas calamidades que no puedes solucionarlas sin personalizar y eso provoca que te queda mal sabor de boca por no poder evitarlo todo.
-¿Qué cuestiones le han impactado más?
-Un tema que duele mucho es el de los malos tratos cuando hay niños de por medio. También se pasa muy mal cuando ves a jóvenes toxicómanos en los centros o cuando observas los problemas de soledad de los mayores. Lo que en realidad te afecta es el sufrimiento de los demás.
-¿Es posible crear una barrera?
-El cuerpo crea inconscientemente una barrera porque no se trata de ser héroes sino de ayudar. Hay que pensar que toda la ayuda, por pequeña que sea, es bienvenida. Pero al final los voluntarios también son personas y se implican en los problemas de los demás. Como en el 11-M, que algunos necesitaron psicólogos.
-¿La gente está demasiado acomodada?
-Yo creo que sí porque tenemos la sensación de que nunca nos van a pasar las cosas. Pero cuando vives los problemas de cerca cambia nuestra conciencia.
-¿Cuál es la parte más gratificante de su labor?
-El voluntario aporta mucho, pero también recibe. Te compensa mucho las palabras de aliento y la satisfacción de la gente a la que ayudas.
-¿Y la más complicada?
-Saber compaginarlo con la familia, el trabajo y tu día a día. Pero repito, no se necesitan héroes, sino que cada uno aporte lo que pueda. Merece la pena ayudar.