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Domingo, 7 de mayo de 2006
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SOCIEDAD
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Los vascos se dividen en dos: los que respiran la paz rural y los que viven el ajetreo urbano
Los vascos se dividen en dos: los que respiran la paz rural y los que viven el ajetreo urbano
En la huerta. Eduardo se emplea a fondo con los troncos para la chimenea. / Maite bartolomé
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Perro de pueblo, Txuski corretea flaco y libre por las callejas en cuesta de Salinas de Añana. Cruza la carretera general jugándose el tipo y salta la barrera que defiende el valle salado, hoy vacío, para ir a jugar entre las eras. En otro pueblo, más grande y ruidoso, Oker huele a hembra y tira de la correa. Querría perderse entre los altos edificios de pisos de Arteagabeitia y gozar con ella, pero los canes de Barakaldo van bien atados. Así que se tumba mirando el rastro perdido a la espera de otra oportunidad.

Barakaldo, en Vizcaya, forjó su presente a mazazos en las ferrerías. Salinas de Añana, la villa más antigua de Álava, a golpe de rodillo en los cuadros de sal. Dos herramientas hoy abandonadas, símbolos de dos sistemas económicos desaparecidos ya. Ésta es quizás una de las pocas coincidencias, porque las diferencias entre ambas localidades son muchas. Con 96.000 habitantes, Barakaldo es el municipio vasco más grande después de las tres capitales. Salinas, con 178 vecinos, se encuentra entre los más pequeños. Hierro o sal. Bullicio o silencio. Asfalto o yerba. Éstas son las dos Euskadis, dos modos de vida opuestos al alcance de cualquiera. Sólo hay que sopesar ventajas e inconvenientes, y decidir.

POR EXCESO Y POR DEFECTO

Txuski se cansa de remover sal con el hocico y vuelve a casa. Allí le espera Mari Carmen Ruiz, la mujer de Eduardo Loma -que trabaja haciendo depuradoras a 15 kilómetros- y madre de Jokin. Al casarse, hace ocho años, se vino al pueblo de su marido: «Yo vivía en Bilbao, pero decidí cambiar. Es una decisión que tomas sin saber bien qué implica y creo que aún no me he acostumbrado del todo. Lo mejor es la tranquilidad y la libertad de los niños. ¿Lo más duro? Quedarme en casa todo el día, acostumbrada como estaba a trabajar fuera». Porque Mari Carmen ha de cuidar también de sus padres. A Álvaro se le ve espléndido a sus 91 años, aunque él diga que anda «hecho una mierda, con el oído y la orina mal, y medio cojo». Aun así, camina una hora diaria. Su mujer, Carmen, de 87, está algo más pachuchilla, pero no se queja. Hay muchos mayores en Salinas, la media de edad está en 65 años -en Barakaldo, 42,5-. Y tienen suerte, porque en el pueblo tienen médico y farmacia propios, algo inusual en localidades tan pequeñas. Mari Carmen teme que les quiten estos privilegios si el pueblo no crece: «Como sigamos perdiendo cosas, se acabó. Quieren que la gente habite las zonas rurales, pero fomentan que se queden vacías». Ésta es la mayor lucha de los pueblos pequeños: «Querían que bajáramos a Espejo si necesitábamos análisis de sangre, pero un señor mayor se plantó y no lo han intentado más».

En Barakaldo, Oker pasa muchas horas en casa, esperando ansioso a sus dueños. Es lo que tiene ser perro urbano. Y falta un buen rato hasta que llegue Ramón Prieto, que trabaja de albañil, o Dulce Pereiro, que ha ido a la sede del PSE -sus dos hijos ya se han independizado-. Las caras de Manuel Azaña, Pablo Iglesias y Patxi López cuelgan junto a un cartel de Emilio Pérez Touriño. Dulce lo acaricia feliz: «Buf, es que ganar en Galicia fue muy fuerte, muy fuerte». Ella nació en Palas de Rey (Lugo) y está afiliada al partido, donde realiza labores de atención a los compañeros y a la mujer. Representa también a buena parte de la sociedad barakaldesa, que en décadas pasadas prosperó y creció hasta rozar los 130.000 habitantes en 1980 -40.000 en 1950, 80.000 en 1960 y 110.000 en 1970- gracias a gentes llegadas de otras partes de España. Pero llegó la crisis de los 90, tocó fondo en 2003 con 95.000 y ahora se recupera poco a poco. «¿Sabías que a Barakaldo la llaman la quinta provincia gallega?«, dice.

La margen izquierda lleva mucho tiempo como feudo socialista. Dulce es una de los muchos barakaldeses que entregan su voto a esta opción según su ideología, al contrario que en Salinas, donde se vota a las personas. De hecho, su alcalde, un agricultor, conforma una candidatura independiente.

LAS COMPRAS

Mari Carmen deja solos a sus padres un momento y sale a hacer unos recados. Los sábados se desplaza hasta Vitoria, a 30 kilómetros, y hace la compra de la semana en un hiper. Es mucho más barato, porque la tienda de Feli, la única del pueblo, trae sólo pequeñas cantidades y eso encarece mucho los precios. «Eso sí, como la tienda está en el bajo de mi casa, si se les olvida algo sólo tienen que llamar», dice Feli. Tiene todo lo necesario, como el pan, que llega de Espejo al mediodía. «Y luego están la furgoneta del pescado, que viene los sábados; la de la carne, los martes y viernes; la de los congelados, los miércoles, y una de la Caja Vital para sacar dinero», explica Mari Carmen, que acaba de pagar su hogaza. Txuski salta para alcanzarla.

También Dulce necesita comprar. Atraviesa la Herriko Plaza y deja atrás esa estatua homenaje a los currelas cuyos atributos sexuales tanto divirtieron a las señoras los primeros días. Y llega al mercado de abastos. «Aquí cojo cosas que olvido en el híper del Max Center que queda al lado de mi casa, donde hago mi compra semanal». Manzana Golden a 0,59 euros el kilo, plátanos a 0,79 y mandarinas a 0,69 (a 1,20, a 2,20 y a 2,45 respectivamente en Salinas).

INMIGRACIÓN-EMIGRACIÓN

Dulce sortea los coches -43.000 en Barakaldo- y pasa por delante de un montón de tiendas y kebabs turcos, la última sensación en las áreas urbanas, más de moda que los restaurantes chinos. La localidad vivirá una segunda oleada de inmigración, esta vez de gentes de otros países, aunque su tasa de extranjeros residentes aún es baja, el 2%.

En Salinas, desde los setenta todo es emigración. Las gentes -hasta 700 vecinos- fueron abandonando poco a poco el trabajo en el valle salado -formado gracias a los manantiales de agua muera (salada) de la zona- y marcharon a zonas urbanas en busca de un trabajo mejor remunerado y menos duro. Ahora las salinas están en proceso de restauración y han sido declaradas monumento nacional. Eduardo, el marido de Mari Carmen, conoce bien esta historia. Su familia es propietaria de varias eras y él mismo trabajó allí desde los ocho años y hasta hace 12. «Era precioso ver tanta gente aquí, llegamos a ser 300 personas -dice mirando al extraño y único paisaje-. En un año, una familia podía sacar 250.000 kilos para venderla después. Me da mucha pena verlo así, vacío».

ESCUELA Y OCIO

Sábado. Eduardo dedica su tiempo libre a cortar troncos para la chimenea con la motosierra y a cuidar de sus conejos -Josepo II y Conchi II acaban de tener ocho esponjosas crías- y de las gallinas, que abastecen de huevos su casa. También tiene una hermosa huerta con tres nogales y varias verduras. Llega su hijo Jokin, de 11 años. Hoy ha tenido partido de fútbol en Vitoria. También debe desplazarse para ir a estudiar. Todos los días coge un autobús que lo lleva a la escuela de Valdegobia, a 14 kilómetros, donde estudia 6º en la misma clase que los niños de 5º: «Primero explican a unos y después a los otros». Le encanta vivir en un pueblo pequeño. «Aquí cuido de los animales y casi no hay coches, estoy todo el día en la calle. Y tenemos frontón y bolera».

Sara Gómez tiene 13 años y juega al fútbol desde hace siete con el equipo femenino de su colegio, el Paúles, en Barakaldo. Entre las labores que Dulce realiza en su pueblo, encuentra tiempo para ser la delegada de estas jóvenes deportistas, que ya empiezan a salir: «Solemos pasar las tardes en el centro comercial, viendo tiendas o en el cine», dice Sara. De Barakaldo le gusta que haya «tanta gente diferente», aunque también tiene quejas: «el ruido de la autopista y de las discotecas».

LA NOCHE

La que no critica el alto volumen de la música en los bares es Sandra Salgado, sobrina de Dulce. Es sábado por la tarde y ha quedado en Zaballa con sus amigas Idoia, Itxaso y Leire. Barakaldo es lugar de peregrinación de muchos jóvenes en busca de diversión. El Mullins sirve para entonarse antes de atreverse con una rumbita en el Baratzalde. «Bailamos pachanga, Bisbal y reggaeton, lo único que no nos gusta son las broncas que se montan a veces, las peleas», dicen. La noche acabará con orgasmos (una bebida) en un clásico barakaldés, el Megápolis, y quizás en otros con nombres tan sugerentes como El Puntazo o el Pócimas.

Las noches salineras no son tan moviditas, aunque a algunos les basta. Dos bares, puerta con puerta, frente al valle salado son suficientes para charlar y escuchar música. Alternar sí que sale más barato. 3,75 euros por un cubata de Ballantine's frente a los 5 ó 6 euros de Barakaldo. Y 1,20 por una caña. El bar de Irene, que fue la primera mujer en conducir un tractor por estos lares, abre pronto porque también vende periódicos, y viernes y sábados se queda hasta la madrugada, «depende de las ganas que tengan los clientes». Para variar, siempre queda Espejo. Y si no, la ausencia de contaminación lumínica permite asomarse al campo de estrellas que se extiende por encima del paisaje lunar de las salinas. En Barakaldo, la noche también es propicia para pasear a Oker.



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