Recrearse en la propia desgracia: una tentación perversa de los derrotados. A menudo, cuando las circunstancias de la vida nos enfrentan cara a cara con diversas formas del sufrimiento o de la impotencia, buscamos una especie de recompensa en el sentimiento de lástima por nosotros mismos. Se diría que agrada saberse infeliz, que la conciencia sobrevalorada de la propia desdicha concede alguna forma de amparo emocional. Al lamerse sus heridas el doliente no alivia su dolor, pero se adjudica a sí mismo una especie de autoridad moral, un mérito análogo al de los héroes míticos que lo eran tanto más cuantas mayores penalidades se veían forzados a soportar.
La melancolía de quien se compadece de sí mismo ostenta un rango elevado en la jerarquía de los sentimientos. Es una herencia del narcisismo romántico que dotó de prestigio a la desesperación melancólica y al abandono en esa especie de placer de la derrota con la que algunos, como expresó el filósofo Carlos Gurméndez, «equilibran los desórdenes del dolor y el sollozo agonizante de la tristeza». De ahí procede en parte el magnetismo que ejerce para muchos dolientes que, en vez de ocupar el pensamiento en la búsqueda de remedios a sus penas o al menos en la elaboración de estrategias de defensa más positivas, tienden a sumirse en la lástima como si acentuando el malestar interior obtuvieran alguna forma de paradójico consuelo.
Pero la autocompasión revela asimismo rasgos de inmadurez. El niño aprende desde la cuna que con una queja subrayada con llantos obtiene de sus padres una respuesta más inmediata y más atenta. «El que no llora, no mama», advierte el refrán. Aquella enseñanza permanece latente en los escondrijos de nuestro cerebro y vuelve a asomar cuando, de adultos, tratamos de ser objeto de la atención de los otros. Al parecer el lamento es rentable. Incluso aunque no lo exteriorice, quien rumia sus desgracias a solas y magnifica para sus adentros su desdichada condición está buscando una oscura gratificación sentimental. Esta es, por ejemplo, la mecánica del victimismo social y político, que lleva al día un extenso memorial de agravios y pesares, reales o imaginarios, al que continuamente apela para reclamar supuestos derechos o para alardear de una extraña superioridad fabricada a base de mezclar el amor propio con el exhibicionismo afligido.
Aunque hay temperamentos más dados a ella, la autocompasión puede prender en cualquier sujeto. Una temporada adversa, una sucesión de contrariedades, un hecho especialmente doloroso o un ligero abatimiento pueden originar ese repliegue conmiserativo en uno mismo, sea hombre o mujer, joven o viejo. La sensación de ser desgraciado en grado sumo tiene a veces una base objetiva que justifica una cierta pesadumbre, pero se apodera más fácilmente de las personas en situación de debilidad subjetiva o propensas a sobrevalorar las ideas negativas.
La autocompasión es un sentimiento viscoso, inelegante, en cierto modo repulsivo. Hay que escapar de él a los primeros síntomas, porque bajo su apariencia acogedora encierra el germen de la destrucción paralizante. No se trata de poner sistemáticamente buena cara al mal tiempo. Reflexionar sobre lo que nos causa dolor, desahogarse en la queja o confesar a otros nuestros infortunios pueden ser buenas fórmulas iniciales para enfrentarse a los problemas que nos hacen desgraciados. Pero cuando el espíritu se resiste a abandonar esta fase del proceso liberador en busca de horizontes más esperanzados y optimistas, y se regodea en su propia oscuridad, la autocompasión genera comportamientos inoperantes, malsanos, destructivos.
No es lo peor que el doliente quede paralizado por su queja; es que, en la mayoría de los casos, esa lástima de uno mismo lleva aparejada la tendencia a atribuir culpas a los otros. Hay una autocompasión agresiva que se alimenta del resentimiento, de la certeza de padecer agravios originados por causas ajenas, de la hostilidad contra el universo mundo, culpable a fin de cuentas de nuestra situación. Y ya se sabe que, según una creencia tan común como injustificada, el sufrimiento otorga autoridad. Mucha gente piensa que, si sobredimensiona su dolor, los que le rodean no sólo van a compadecerle sino que además le van a conceder su respeto o su admiración. Síndrome del mártir, mentalidad de ex-combatiente que considera más eficaz mostrarnos el muñón de su brazo (y pasarnos factura por ello) que ponerse a trabajar con el brazo sano.
Escarbar en la desdicha sólo engendra más desdicha. Es quedar atrapado en la jaula del propio yo que deambula, como dijo el poeta, de su corazón a sus asuntos sin encontrar remedio ni consuelo pero, sobre todo, negándose la oportunidad de crecer, de descubrir realidades más positivas y optimistas. Explotar las propias lágrimas, hundirse en el derrotismo, elevar la lástima a categoría estética es sin duda una opción vital que todo el mundo tiene derecho a escoger. Pero, en tal caso, debería renunciar a dar la tabarra a los demás y a pretender que encima se le premie por ello.