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Domingo, 7 de mayo de 2006
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SOCIEDAD
CARTA DESDE NUEVA YORK
Bicicletas en Manhattan
La llave para abrir la jungla urbana de los rascacielos y entender la fascinación de Woody Allen por Manhattan está en pedalear alrededor de la isla
Bicicletas en Manhattan
RELAX. Cuatro jóvenes ciclistas observan el 'skyline' de Manhattan al otro lado del puente de Brooklyn. / AP
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EL DETALLE
Mapa de carriles: El mapa desplegable que señala todos los carriles bici de Manhattan es ya casi tan grande como el del metro, que para quien no lo conozca triplica la incomodidad de abrir el 'New York Times' de pie en un autobús.

Quien quiera alquilar una bicicleta para apuntarse al reto puede buscarla en www.bikenewyork.org

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La primera vez que le di una calada a un cigarro tenía 13 años. Lo habíamos comprado entre cuatro o cinco, con el nerviosismo y la excitación de lo clandestino. Nos lo fumamos a escondidas, sentadas en los soportales de un bloque de pisos frente a la playa, y para el verano siguiente lo compraba por paquetes, como si fuera mi comodín en la vida, el talismán que me daba seguridad para seguir creciendo y convertirme en quien quería ser.

En realidad fue mi cuerpo el que creció con el tabaco. La nicotina corría por mis venas y formaba parte de mi médula ósea. Por eso el día que decidí romper con ella la bestia me hizo enloquecer.

Algunos usan parches, otros mastican chicle. Yo me monté en una bicicleta y pedaleé frenéticamente hasta caer derrotada. Día tras día, hasta que llegó el invierno. Se me ocurrió que era lo único en lo que no echaría de menos el cigarrillo en las manos, quizás porque como no había montado desde que tenía 13 años necesitaba las dos en el manillar. Y aunque lo llevase encendido, el viento lo quemaba.

Lo que yo quemaba cada día a las orillas del Hudson era la ansiedad del animal enjaulado en que me había convertido el mono. En esa bicicleta de carreras, heredada en tercera generación de otros españoles que pasaron por Nueva York, exploté más de una vez en lágrimas de desesperación. Y así, entre la rabia y el malhumor, la isla se me quedó pequeña.

Ese verano del milenio descubrí que era posible dar la vuelta a Manhattan en bicicleta por la orilla del río Hudson antes de cruzar el puente de Brooklyn al otro lado de la isla, sobre el East River. No sé si era la serenidad de la puesta de sol sobre New Jersey o las endorfinas que producía mi cuerpo después de tanto pedaleo, pero sólo en esos momentos sentía que podía ganar la guerra.

Entre batalla y batalla descubrí que el mito de la jungla urbana entre los rascacielos se desvanecía a orillas de ese río al que Manhattan vive de espaldas. La ciudad se humanizaba vista desde el manillar y, para mi sorpresa, comprendí que montar en bicicleta era mil veces menos peligroso que subirse a uno de esos taxis amarillos que conducen los pakistanís con carné del mercado negro.

La ciudad pareció redescubrir la bicicleta a la vez que yo. Para el verano siguiente el carril bici que rodeaba el Hudson parecía una autopista, y dos años después el nuevo alcalde completó el proyecto de unir las dos caras de la isla por un solo carril bici que pasa por debajo de los puentes y llega hasta Harlem.

El mapa desplegable que señala todos los carriles bici de Manhattan es ya casi tan grande como el del metro, que para quien no lo conozca triplica la incomodidad de abrir el 'New York Times' de pie en un autobús.

El 'hobby' pasó a ser una forma de vida y hasta se convirtió en supervivencia en los días que siguieron a los atentados del 11-S, cuando la ciudad fue declarada en estado de sitio y no funcionaba el transporte público.

Remanso de paz

Quienes se quedan con la foto del bulicioso Times Square y las series de policía suponen que con la nicotina se me fue la cabeza, porque ven lo de ir en bicicleta por Manhattan como cosa de locos, si no suicida. Se imaginan que los pedales es cosa de Amsterdan, entre canales y tulipanes de colores, pero precisamente porque no han sido capaces de escarbar más allá del Nueva York de las películas nunca entenderán la fascinación de Woody Allen por su isla o el remanso de paz que puede llegar a ser.

Lo entendió, con el mismo entusiasmo que yo, Julio Medem, cuando el año pasado se instaló en mi barrio del Lower East Side para vislumbrar su próxima película, 'Caótica Ana', que acabará de rodar la semana que viene.

«Tuve que reescribir toda la parte de Nueva York, porque me di cuenta de que me la había inventado», me confesó. «Después me quedó muchísimo mejor».

A sugerencia del casero que le alquiló el destartalado piso de la calle Ludlow, se compró una bicicleta de segunda mano que dejó allí abandonada cuando acabaron sus cinco semanas en Nueva York. «Iba en bicicleta a todas partes, era fantástico. La gente te respeta».

No es que se hubiera reencontrado con un juego de la infancia, como me ocurriese a mí. Medem es un fan de los pedales que ha unido Donosti con Italia a dos ruedas, pero, como la mayoría, nunca se imaginó que la bicicleta fuera la llave para convertir esta jungla urbana en paraíso tropical.

La 'bicicletamanía' de los neoyorquinos celebra hoy su día grande. Una vez al año se cierran las calles para el 'Tour' de los Cinco Barrios que componen la metrópoli, y decenas de miles de ciclistas se lanzan a por las 42 millas (equivalente a 67.59 kilómetros) que recorren Manhattan, El Bronx, Queens, Brooklyn y Staten Island «como nunca antes lo hayas visto», promete el cartel.

¿Que si voy a estar? Lo siento, aunque no he vuelto a probar un cigarro en seis años no estoy para ir de Indurain.



Vocento