En su currículum domina su faceta de policía, situado en algunos momentos en puestos especialmente complicados: «Era el comisario jefe de Valencia el 23-F», comenta con una sonrisa. Pero en su vida personal abundan sus vínculos con la Iglesia, y no sólo porque uno de sus hermanos sea sacerdote y otro acabe de ser consagrado obispo en Bolivia. Su familiaridad con la doctrina social de la Iglesia queda patente en la conversación, en especial cuando acude a la última encíclica papal -que tiene sobre su mesa- para avalar modos de actuación de Cáritas. Por eso no extraña que su visión de la delincuencia esté muy relacionada con la pobreza.
«Mi vida profesional ha estado dedicada sobre todo a la delincuencia juvenil, las drogas y los grupos marginales -explica- y en todos estos años he comprendido que el delincuente no nace, sino que se hace». Tanto es así, que confiesa haberse preguntado muchas veces si, de haber nacido en un entorno socioeconómico de condiciones tan terribles como él ha visto, «no habría sido igual o incluso peor que muchos delincuentes».
Por eso piensa que hay dos tipos de enfermos: el que por problemas de tipo mental a veces no puede convivir con los demás, «porque les perjudica y por ese motivo la sociedad le tiene que apartar». Una segunda categoría está formada, dice, por «otro tipo, por personas que debido a diferentes circunstancias llegan a la delincuencia». «¿Son delincuentes o enfermos sociales?», se pregunta. «Son enfermos sociales, lo mismo que podríamos haberlo sido cualquiera de nosotros en sus circunstancias. Ahora bien, si perjudican a la sociedad hay que apartarlos también hasta que sean capaces de convivir con normalidad».
La consecuencia de todo ello es que «la sociedad debe saber perdonar. Es importante que lo haga, porque cuando alguien cae hay que reeducarle, hay que ayudarle para que se inserte de nuevo en la sociedad». La segunda oportunidad se presenta así como algo esencial, porque «muchas veces, quien ha robado ha comprendido los efectos de su acción. Lo sabe mejor incluso que quien no lo ha hecho». Eso no significa, sin embargo, que esté convencido de que la reeducación tiene siempre efectos positivos. «También hay quien roba y reincide una y otra vez. Ésas son personas que no se recuperarán nunca».