En una ciudad en la que a los visitantes se les hace la boca agua de sólo pensar en su famosa oferta gastronómica, a muchos turistas no les queda otra opción que pasear sin rumbo y engañar los estómagos durante un buen rato los domingos antes de encontrar mesa. Eso, los más afortunados. Hallar un restaurante abierto resulta casi imposible en muchas zonas del centro de Bilbao los días festivos, independientemente de su categoría. Lo mismo bajan la persiana locales con una oferta basada en económicos menús del día que los de las lujosas cocinas cargadas de estrellas Michelín. Esta situación se acentúa especialmente en los establecimientos situados en la 'ruta de los museos'.
A la salida del Guggenheim y el Bellas Artes, los visitantes se topan con un panorama «de aparente desolación» en una ciudad que intenta convertir el turismo en un gran negocio. Según la Asociación de Empresarios Hosteleros de Vizcaya, el 70% de los restaurantes bilbaínos se toman el domingo libre. La razón es económica, a juicio de su presidente. «Sin estudios profundos y actualizados», Ángel Gago calcula que la ocupación media en las jornadas festivas no «alcanza el 30%». Un porcentaje que deja muy mal sabor de boca a los hosteleros y peores resultados económicos, ya que muchos no llegan a cubrir gastos. «La sensación de vacío es mayor porque antes no recibíamos turistas », argumenta.
Ante esta situación, el gremio anda dividido. Bernardo Alonso, propietario del Estraunza -local que abre los 365 días del año- reconoce que el negocio anda «un poco triste» debido a la caída de turistas. No obstante, admite que «hay festivos que hace más caja» que en jornadas laborables. José Antonio Rubinos, dueño del Ama Lurre, situado a pocos metros de la pinacoteca de Bellas Artes, afirma que la oferta gastronómica dominical es «muy escasa» y que, «seguramente», saldría «rentable» encender los fogones este día. De hecho, con toda seguridad, a partir de octubre, este restaurante especializado en marisco, pescado y carne atenderá también a los comensales los domingos. «Ahora cerrábamos porque algún día había que descansar», explica.
A la hamburguesería
Modificar los horarios de apertura conlleva, sin embargo, importantes reajustes que quitan el sueño a más de un chef y clientes. Carlos y Ángela, una joven pareja, acabó la víspera del 1 de Mayo con los pies «destrozados» de patear la ciudad para acabar en un establecimiento de hamburguesas. «Estaban muy ricas, pero no es lo que te imaginas para comer en Bilbao. Creíamos que la gastronomía vasca es otra cosa», se quejaron.
A raíz de la apertura del museo de Gehry, Daniel García, del Zortziko, mantuvo abierto un año su restaurante los domingos para volver al horario habitual. «Realmente, ¿hay negocio? Yo no lo sé», dice. «Si nos acostumbrásemos a abrir, seguramente tendríamos clientela». Pero también supone un sobrecoste económico al obligar a reforzar las plantillas, lo que, a veces, «no compensa». Y apostilla: «Además, nos debemos al cliente de Bilbao».
Aunque juzga «desolador» el panorama en zonas como la plaza Circular, Autonomía o Zabalburu, Gago no cree que el problema radique en la raquítica oferta que se ofrece los festivos. «Hay que visualizar los locales que están abiertos para que las personas puedan dirigirse a ellos». Pero advierte de que hacen falta «múltiples medidas» -algunas «muy difíciles e impopulares», remarca- para aprovechar el tirón del turismo. No tiene ninguna duda de que los comercios deberían abrir también los domingos para «crear ambientillo» en la ciudad. «El ambiente diurno se forma de forma mixta entre la hostelería y el comercio», asegura.