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Domingo, 7 de mayo de 2006
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VIZCAYA
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De chimberos, chacolineros y calqueros
De la combinación entre lo propio y extraño surgieron tipos populares en Bilbao que, con el tiempo, dieron forma a un universo humano singular, pintoresco e intransferible
De chimberos, chacolineros y calqueros
TXAKOLI. Un lugar ideal para descansar y degustar el típico vino vizcaíno. / EL CORREO
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«Bilbao -escribió el vitoriano Julián Arbulo al filo del siglo XX-, por efecto del crecimiento de población que desde hace algunos años va en progresión constante y no tiene trazas de interrumpirse, constituye un pueblo especialísimo, sin parecido con ningún otro». No exageraba el alavés. Algo había en el ambiente de la Villa, y en cierto modo existe hoy, que hacía característica y propia la combinación de lo de fuera y lo de dentro. Mezcla y confusión se llamaba entonces, interculturalidad se le nombra en la actualidad a tan trascendental fenómeno.

Las consecuencias se concretaron en la aparición de individuos pintorescos y genuinos que, entre antiguos, propios y nuevos, le otorgaban a Bilbao la singularidad y un motivo más para su orgullo de ciudad. De ahí que, a través de ese universo de tipos y costumbres, un observador avezado pudiera hacerse un cuadro más o menos fiel del ser de los bilbaínos. Lejos de ser ridiculizados o llevados al terreno de lo satírico, fueron más bien, gracias a la pluma del vitoriano Arbulo, descritos tal y como eran: gentes propias de Bilbao.

Digno representante de aquel mundo era el chimbero, en sus dos versiones, el antiguo y el moderno. El primero era más genuino y pertenecía, por lo general, «á la clase artesana acomodada, ó era tendero, almacenista ú hombre de negocios retirado» que encontraba placer y divertimento en perseguir y dar caza, si se presentaba la ocasión, a esas aves, «entre gorrión y pájaro mosca, que sólo se ven en las cercanías de Bilbao».

Lógicamente, la entidad de las piezas y el «riesgo» que suponía su persecución colocaban a los chimberos en el punto de mira de chanzas y burlas de todo tipo, ante las cuales no hacían el más mínimo caso. Y eso que no era para menos cierto regodeo, pues hasta su indumentaria de caza era la que mandaban los cánones: «Ancho pantalón de tela, con botines de cuero altos ó polainas que llegaban a la rodilla; chaqueta, también de tela, (...); sombrero de paja ó de castor (...); un polvorín ó calabaza para la pólvora; la pistonera en figura de cuerno con los fulminantes; el silbo para llamar al perro, y una escopeta de pistón de un solo cañón».

Con todo ello, los chimberos, salían de caza los domingos, como dictaba la tradición, y se dirigían a pie a cualquier lugar donde guardaban la esperanza de poder cobrarse sus ansiadas piezas. Así, entre ir y venir, sube y baja, caminar y descansar, el bueno del chimbero pasaba el tiempo sin ponerse nervioso en demasía. Claro está que, para templar los ánimos, nada mejor que los chacolís, donde daba gusto detenerse a remojar el gaznate. Luego, tras los tragos, vuelta a la caza. Y así hasta la hora de regresar. Unas veces cabizbajo, triste y vacío de piezas; otras, con algún que otro chimbo en la cesta.

Perdigones de plata

Por desgracia, en el siglo XX irrumpió un tipo nuevo inspirado en el anterior: el chimbero moderno. Era éste una especie «entre artesano y señorito, hortera ó empleado», que no vestía de cazador ni llevaba perro y que, a lo sumo, portaba su licencia y una escopeta de dos cañones último modelo. Igual que el chimbero antiguo, el moderno salía todos los domingos a ver qué cazaba. Pero ahí radicaba la diferencia. Esta nueva especie disparaba a todo lo que se movía: «Pájaros, mariposas, moscardones y otros insectos». Derrochaba municiones y siempre retornaba con un buen puñado de chimbos u otras especies de pájaros. ¿Maestría y habilidad? En absoluto. El chimbero moderno cuando no atinaba a nada, que era lo más común, lo compraba al mejor postor. De ahí que se dijera que cazaban con perdigones de plata, por el precio al que les salía cada pieza que llevaban a casa.

Otro buen grupo de seres pintorescos del Bilbao de antaño lo formaban los clientes de Patas, Manteca, Luciano, Trauco, Zurbaran, Caballuco, Tútulo, Gervasio, Celeminchu y otros cosecheros o almecenistas de chacolí. Es decir, eran los chacolineros. Entre todos ellos, los de pura raza eran los que no ponían el pie en cafés ni en tabernas. Para ellos existían los chacolís «donde dedicarse á su afición favorita, que consiste en echarse entre pecho y espalda una cazuela de merlusita frita o de bacalao en salsa, con su ajito y todo, remojando estos manjares con su correspondiente jarra del rojo chacolí».

Esta suculenta ceremonia tenía lugar bajo los emparrados, en mesas rústicas o, si el invierno obligaba, frente al hogar de la cocina. Allí, el chacolinero pasaba la tarde degustando su bebida favorita con sus correspondientes viandas caseras, como chipirones, angulitas, lomo y pollos asados con patatas fritas. Lo bueno de tan nutritiva afición era que el chacolí no se subía a la cabeza, ni alborotaba el estómago porque, como señalaba Arbulo, «este licor, genuinamente vizcaíno, no tiene las perniciosas cualidades del infame peleón, ni hace perder la razón, ni es motivo de quimeras, pendencias y disgustos».

Dentro de aquel cuadro de seres populares, pintorescos y bilbaínos, se hallaba uno muy propio: el calquero, que era lo que en otras partes se conocía como zapatero viejo o de portal. Es decir, que a las funciones de poner tapas, echar medias suelas y tacones, unía el trabajo de portero de la casa en la que instalaba su rincón de remendón . Por lo general, siempre y cuando estuviera casado, el calquero dejaba las faenas de la portería a su mujer y hacía verdad aquello de 'zapatero a tus zapatos'.

El calquero de raza no trabajaba todos los días, «unas veces, porque no tiene en qué; otras, porque no tiene gana ó prefiere darse una vuelta, ó echar un mus ó un tute con sus amigos, en la taberna próxima, y otras, porque tiene dinero». Sólo cuando se gastaba el último cuarto volvía a la carga de su oficio. Aún así, no gustaba de trabajar los lunes y tampoco madrugar, aunque, en el fondo, el calquero «es honrado y formal».

Desde el chimbero hasta el calquero, todos formaron parte del amplio universo de los tipos populares que Julián Arbulo describió con gusto. Merece la pena, por ello, guardar para otra ocasión una nueva entrega de todo ese mundo que poblaba aquel Bilbao singular, del cual somos herederos.



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