Manuel Longares (Madrid 1943) se ha propuesto explicar con sus novelas los sentimientos, las vivencias y el modesto heroísmo de los seres anónimos que sufrieron la Guerra Civil y la larga postguerra y que en la transición consiguieron en premio a su resistencia un precario bienestar. Tras retratar en 'Romanticismo' a la burguesía rancia generada por el régimen de Franco, aborda en 'Nuestra epopeya' (Ed. Alfaguara) la peripecia de un grupo de personas de clase trabajadora entre quienes hay vencedores y vencidos, pero que en el fondo están unidas por su carácter de víctimas. Víctimas sobre las que, como siempre sucede, la historia y la política han pasado por encima, comenta en esta entrevista.
-En 'Romanticismo', abordó el último franquismo y la primera parte de la transición. Ahora abarca un período que va de 1936 a 1986. ¿Casualidad, intención de hacer un ciclo o deseo de saldar una deuda narrativa?
-Hay una vocación de abordar un ciclo. Quedaría una tercera novela con una relación temática clara con las dos que ya han aparecido. En 'Romanticismo', explicaba la reacción de ese sector de clase alta afín al franquismo, cuando se produce el cambio de régimen. En 'Nuestra epopeya' es el tránsito de un grupo de gente humilde hasta que llegan a un cierto bienestar. Y el tercer libro irá sobre el comportamiento de la intelectualidad para sobrevivir durante el franquismo y luego ya en los primeros años de la democracia.
-Por la abundancia de novelas que aparecen sobre la guerra y la postguerra, da la impresión de que la literatura quiere casi suplantar a la Historia en este asunto, ahora que ya apenas queda nadie de la generación que participó en el conflicto.
-Pero no se trata de sustituir. La Historia se basa en datos. La literatura arranca de la ficción, pero es que la mentira literaria tiene tanto poder como la exposición de los datos. A través de la literatura se entienden los hechos, porque proporciona el material de la vida. En ese sentido, comparte tarea con la Historia.
Heridas
-Su novela habla de sueños frustrados, de venganzas alimentadas durante décadas. ¿Las heridas de un conflicto así no desaparecen hasta que han muerto todos los que lo vivieron?
-Aún más. Las heridas sobreviven en hijos y nietos de quienes lo protagonizaron. De alguna manera, seguimos con ellas. Es cierto que se impone el sentido común, que hay que seguir adelante, pero un territorio partido en dos no se repara fácilmente. A mí, cuando era niño, nadie me hablaba de la guerra, pero las cosas no se olvidan porque se ignoren.
-¿Hubo realmente alguna epopeya, o más bien fue un conjunto de modestos ejercicios de supervivencia carentes de heroísmo?
-La verdadera epopeya de esos años fue la de la gente humilde que consiguió sobrevivir, que se buscó la vida para lograr un dinero y montar un pequeño negocio, o comprar una furgoneta. Ésa fue su tierra prometida.
-Una tierra prometida verdaderamente modesta.
-Sí. Muy modesta y muy precaria, pero así fue.
-¿Novelas como la suya, y otras, se escriben con más libertad cuando personas que podrían identificarse, siquiera lejanamente, con sus protagonistas, ya han muerto?
-Es verdad que ahora puedes contar lo que quieras sin que te lo impidan. Pero yo no he buscado tanto una historia como la manera de contarla. Para mí esa forma era lo importante, el reto era el que la narración y el diálogo estuvieran encabalgados. Lo que pretendía era encontrar la literatura, no la verdad. Por eso me he apoyado mucho en diálogos, porque al tratarse de una novela coral es como si se tratara de una colmena. La diferencia entre una novela y un periódico es que éste cuenta noticias ciertas y la novela debe ser verosímil.
-«La gente quiere olvidar. Pero quien borra un recuerdo niega a su víctima», dice uno de sus personajes. ¿La Transición fue un ejercicio de olvido?
-Fue un pacto, y a eso se llega cediendo. Si lo que hemos conseguido es bienestar, pues ha merecido la pena. Se ha pasado por encima de las víctimas, pero eso sucede siempre. No se trata sólo de que no se puede devolver la vida a quienes murieron. Hay mucho más. Por llevarlo a un terreno personal, ¿quién me devuelve mi juventud, que estuvo marcada por los falangistas y la Iglesia, y fue una mierda?
-¿Ese olvido se debió a la generosidad de algunos o al temor a otra guerra?
-A las dos cosas, sin duda. Por conseguir una meta se sacrifican muchos sentimientos.
Jugar con la ironía
-«Es la guerra», dicen sus personajes para justificar cualquier cosa. ¿La guerra borra el último vestigio de civilización en el ser humano?
-La guerra es lo peor que nos puede ocurrir. En la novela esa expresión la usan los niños en el sentido de que se están haciendo hombres y tendrán que ir al frente. Pero también la usan los adultos para justificar por qué suceden algunas atrocidades.
-En su novela hay mucha ironía. ¿Es el mejor mecanismo de defensa ante una realidad tan sórdida?
-No, no lo es en la realidad. Pero desde un punto de vista literario yo no podía hacer un retrato social realista, porque eso ya está hecho. Se resalta más la miseria del dictador así, con ironía, que diciendo que era un asesino. Por eso, una vez acabada la guerra, hasta para quienes más habían sufrido la represión, todo lo que venía de Franco era bueno. Lo mismo se decía que era el mejor ciclista del imperio que se avalaban las bondades de un medicamento diciendo que estaba en su botiquín. Era la mejor referencia para todo.
-En cuanto estalló el conflicto, surgió el odio entre amigos, entre familiares que habían vivido sin problemas hasta ese momento. ¿Aporta la literatura alguna explicación a eso?
-La Historia sólo puede decir que en un bando estaban unos y en el otro, otros. La literatura es la que explica las cosas. La guerra marcó el destino de mucha gente, incluso aunque no estuvieran en el frente. Hubo cambios en las personas, en los comportamientos. La literatura va al hecho menudo y de ahí deduce referencias ciertas.
-¿Y piedad? ¿Aporta piedad a la hora de examinar los hechos?
-A veces. Hay escritores muy crueles. Yo prefiero la ironía, porque permite un juego más sutil. En cuanto a los personajes que uno construye, es inevitable tener piedad, pero creo que en cambio hay que evitar sentirla.
-¿Cualquier atrocidad es más digerible en forma de novela, se acepta mejor?
-La literatura lo admite todo y permite que entre en ella todo tipo de sentimientos. Pero no puede ser una excusa: puede abordar el mal, pero no justificarlo.