Hay óperas que, por lo intrincado e irreal de su argumento, dejan una gran libertad de acción para que el director de escena de turno plasme sus propias fantasías en escena. La ópera de Offenbach que cierra ésta buena temporada se presta a ello y de ahí que el regista Del Mónaco haya dado rienda suelta a la alegoría y a la ficción para ofrecernos una versión discutible, aunque clara y reconocible. Es discutible, porque resulta difícil aceptar la caracterización abandonada y visionaria del poeta Hoffmann, degradado por su taradez y marginado en el fondo de la escena. Nos dio la impresión de que Del Monaco le había castigado a cantar de rodillas, a cantar a lo lejos, incluso le hizo cantar con una sofocante máscara en la cara. Percibimos, por lo tanto, una notable tendencia teatral en la puesta en escena y con ello, una trepidante acción, un vestuario rico, un sinfín de detalles de atrezzo y complementos. Fue también una oferta clara, de fácil seguimiento. La apuesta teatral no llegó a más, porque la ópera de Offenbach está llena de ricas y variadas melodías que requieren una ejecución minuciosa. El soporte musical lo vino a ofrecer la Orquesta Sinfónica de Bilbao, espléndida en todo momento y atenta a las órdenes del maestro Guingal. Sin más remedio que la obediencia a los anticanoros deseos del regista, el tenor Aquiles Machado cantó más en la lejanía que delante del maestro. Allí al fondo, apoyado durante casi la mitad de la ópera en una escalera, apenas dejó escuchar su bello color vocal, que encima ya no conserva la brillantez de hace un par de años. El Coro de Bilbao mereció los aplausos recibidos y Maria Bayo superó el buen hacer de la mezzo Goeldner, cantante de voz pequeña, pero que exhibió gusto y buena musicalidad. La navarra a su vez, destacó en dar una sonoridad inexistente hasta que compareció ella en escena. Nos gustó el bajo Gorny, mientras que Milagros Poblador, soprano ligera, supo aprovechar las oportunidades del rol de Olympia.