El ministro británico de Hacienda, Gordon Brown, dijo el viernes que la derrota de los laboristas en las elecciones municipales del pasado jueves era una salva de aviso y que él se iba a reunir durante el fin de semana con Tony Blair para decidir conjuntamente la estrategia para la renovación del Gobierno y del partido. Ayer, compareció en un acto caritativo en Londres y, en una entrevista en televisión, mencionó diecisiete veces la palabra 'renovación'. Pero no hay noticia de la celebración del encuentro entre el primer ministro y su íntimo colaborador desde hace veinte años.
Es el circo permanente del Nuevo Laborismo. Brown quiere ser primer ministro, pero no dice cuándo quiere serlo, y Tony Blair está convencido de que él es mejor jefe de Ejecutivo y más popular que su segundo, entre otras cosas, porque a Brown le falta el 'instinto criminal' para imponerse y forzar la marcha del 'premier'.
Viejo laborismo
Es una gangrena en el corazón del Gobierno y la consecuencia es que aliados de uno y de otro acuden a los medios de comunicación ofreciendo el lenguaje obscuro de los políticos en situación de crisis, midiendo los varios significados de sus palabras para las audiencias a las que se dirigen.
Ayer, John Reid, nuevo ministro del Interior, fiel 'blairista', fue insistente. «Prometimos al electorado hace un año que Tony Blair ejercería toda la legislatura como primer ministro y debemos cumplir las promesas», dijo. El amigo del primer ministro añadió que fijar una fecha para el relevo o adelantarlo sería catastrófico para los laboristas y quienes quieren desbancar al jefe del Gobierno son el 'viejo laborismo', y su victoria sería «caminar hacia el desierto».
Al ensimismamiento dubitativo de Brown y sus aliados hay que añadir en la batalla por la mayoría en el partido parlamentario los rencores que deja el ejercicio del poder durante una década. Y el último reajuste ha dejado a unos cuantos pesos pesados laboristas con ganas de venganza.