Dar un paseo por el Casco Antiguo de Logroño puede ser algo habitual. Lo que no es tan normal es, quizá, recorrer esta zona de la ciudad prestando atención a los detalles que, pese al paso de los años, todavía mantienen sus edificios. La Asociación de Amigos de La Rioja desarrolló ayer un paseo por la zona con más historia de Logroño e invitó a fijarse, en este caso, en los aleros y las cornisas de sus casas. Medio centenar de personas recorrió durante dos horas la zona con los ojos puestos en estos elementos.
Es posible que muchos de los logroñeses que probablemente pasen a diario por la esquina de la calle Laurel con Bretón de los Herreros no hayan reparado en que allí se sitúa una casa en cuya fachada se conserva uno de los pocos restos de azulejos de cerámica riojana que quedan. El edificio fue construido en 1874 por Francisco Luis y Tomás, entonces arquitecto municipal.
En este momento comenzaron a elaborarse los aleros que aún hoy pueden verse; aunque, según Federico Soldevilla, representante de la Asociación de Amigos de La Rioja, su decoración data de 1929, cuando Fermín Álamo comenzó a trabajar los canes -elementos que componen el alero- al final de los cuales colocó cabezas de ángel, todavía visibles.
Este caso es uno de los más llamativos, pero prácticamente todas las casas cuentan con estos elementos que, unas veces, tenían una función puramente decorativa, pero otras contaban con una misión muy concreta: la de proteger las fachadas de, por ejemplo, la lluvia.
Aleros recortados
En la calle Carnicerías, donde actualmente está el Asador 'El Portalón', existe una casa del siglo XVIII que pertenecía a un noble, Javier de Badarán, en la cual los aleros están decorados con hojas de acanto, una ornamentación muy habitual. Con un vistazo se aprecia cómo, «seguramente, cortaron parte de sus elementos porque en aquella época eran muy largos». A finales del siglo XVIII comenzaron a cortarse porque, además, «se unían los de unas casas con otras y el fuego se propagaba con demasiada facilidad». Por eso, «comenzó a ser obligatorio recortar los canes y recoger el agua con canales», explicó Soldevilla.
Construcciones notables como la Puerta del Revellín y la Iglesia de San Bartolomé tienen también aleros para proteger elementos como sus escudos y la fachada.
Un ejemplo de cornisas es la del edificio del Colegio de Arquitectos, que perteneció a los Marqueses de Legarda, en forma de caveto, cóncava. Además de para conocer los aleros y las cornisas, el paseo de ayer sirvió para repasar los rincones del Casco Antiguo logroñés que piden a gritos una reforma urgente.