Se dio en Haro el festival de rejones aplazado y el público se entretuvo. Si se hubiera repartido lo más aplaudido y meritorio, que no es equivalente, en menos tiempo la tarde hubiera sido más digerible. Sin romperse el paseíllo hubo un minuto de silencio en memoria de Manuel Camará, algunos años empresario de la plaza de Haro, ciudad en la que hacía un par de meses disfrutó de vino, ambiente y amigos.
Antonio Domecq abrió plaza con el bayo Quizás midiendo rejones de castigo y encelando con seguridad. Con Quito, tordo rodado, se lució templando a dos pistas y banderilleando de poder a poder. Pero las mayores ovaciones fueron con el tordo vinoso Ruiseñor aprovechando la final querencia a tablas del novillo que al final, chorreando sangre y traqueteado, se agotó cuando sobre Guitarra puso de las cortas.
Las mayores ovaciones en el buen cuarto las obtuvo con Pituso, bayo, su caballo estrella. Preparó con piruetas para banderillas, igual se adornó de salida pero estuvo muy torero en recortes y otras habilidades. La muerte y las cortas lo hizo montando a Querubín, hermano de Quito y otro gran caballo torero. El público pidió oreja con fuerza, abroncó al presidente y los mulilleros aumentaron la protesta. Lo mismo sucedió con los tres toreros de aúpa.
Rui Fernandes hizo lo más gustoso sobre Fado, tordo en fase blanca, con el que clavó al cambio adornándose con doble pirueta; pero lo más espectacular fue con la montura anterior, del mismo pelo, que se adornó en levantadas citando y vistosas preparaciones a dos pistas. Sobre Comimo lució en cortas y rejoneó a muerte para descabellar pie a tierra.
Brasileiro, tordo en fase blanca, hizo lucir a Rui en vistosas banderillas y quiebros muy expuestos pero fue el bayo Joselito su cabalgadura estrella y con el que dio el pecho en momentos de ejecución, quiebros y otros detalles espectaculares. El personal se quedó con la copla y apreció menos las rosas de Fransina, jaca que expone y se descara.
El tercero
Se presentaba por el Norte Joao Moura, junior, y bien sabido es que el hijo del tigre nace con rayas. El chaval conoce el toreo a caballo y lo demostró en el tercero con la yegua de salida y después con el alazano Campo Pequeño que en alguna banderilla puso el pecho. De similar pelaje fue el colino Madroño con el que clavó cortas sin tiempos muertos y rejón trasero que le quitó premio.
En el sexto salió muy decidido a triunfar y la ovación mayor fue para un par «al violín». Dio espectáculo en banderillas, piruetas en la colocación de cortas y con el alazano matador no estuvo certero a pesar de buscar el descuido en tablas con interés repetitivo.
No abundaron en la tarde el caballazo, las carreras circenses y cosas así. Se dieron buenos momentos aunque lo de ejecutar las suertes dando el pecho, o al menos el estribo, las citas de frente, a poca distancia y con cambio añadido, las suertes hacia afuera y en los medios mejor, los rejonazos efectivos y no traseros o bajos y esas cosas deseables tampoco se prodigaron. Ni lo hacen los ases a diario y mucho. Pero fue una tarde digna, diversa y normal.