El Correo Digital
Martes, 9 de mayo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Eutanasia
Jorge León ha reabierto la polémica de la eutanasia, que tuvo su momento estelar, pero inútil, con la película de Amenábar sobre el caso de Ramón Sampedro. Le habían condenado a vivir, y estaban dispuestos a condenarle aún a una agonía de meses o de años. ¿Por qué hacemos esto? Porque puede hacerse (existen medios técnicos), porque la medicina ha equivocado sus objetivos y porque tenemos leyes timoratas y cuestionables. Los seres humanos, que nos hemos pasado la Historia creando formas de amargarnos la vida y amargársela al prójimo, tenemos un buen repertorio de infiernos terrenales que recordar (o ver) para contradecir el valor universal de nuestro instinto de seguir funcionando y existiendo. La literatura que ha producido la Humanidad desde sus orígenes está llena de admirables cantos a la vida y de apasionadas invocaciones a la muerte. Se pueden estudiar en ella toda clase de variables culturales y de variaciones combinatorias. Para los pueblos vitalistas que inventaron el Humanismo, la belleza y dulzura de la vida se oponía a la oscuridad y el horror del Hades. En cambio, el cristianismo en alguna de sus variantes (o acaso degeneraciones) pretende hacernos ver la vida como una condena a la que debemos aferrarnos agradecidos. Así pues, hay personas empeñadas en impedir que aquellos a quienes se les ha concedido un bonito infierno a medida para vivir sus largos últimos días sobre la Tierra puedan escaparse por la puerta cerrada. Sujetan la llave con fuerza. Hace bien poco, un organismo que no estaba en condiciones de vivir se extinguía. Hoy cogemos a una persona que no puede moverse, asearse, alimentarse, respirar, y la condenamos a la vida. Unos tubos por aquí, y respira. Una sondita por allá, y se la alimenta aunque no quiera. Nada de irse dulcemente (dicen que la muerte por inanición es una de las mejores). Alguien en estas condiciones es más vulnerable a todo tipo de infecciones, así que la atiborramos a antibióticos hasta que dejan de hacerle efecto y las infecciones se cronifican. La condena a muerte nos estremece, pero la vida como condena no es menos estremecedora. La tecnología nos ha dotado de nuevos medios de torturar al prójimo manteniéndolo semivivo. Esto, ciertamente, no tiene nada que ver con la medicina, y sí debería ser un cometido médico proporcionar la buena muerte, la eutanasia, cuando la vida ha llegado a su fin. Además, mantener vivo artificialmente a quien no lo desea sólo porque está indefenso y depende de nuestro arbitrio es un abuso de poder. ¿Qué pasa con la libertad individual? Jorge León se ha ido. Alguien le abrió la puerta, porque el no podía abrirla, y tuvieron que abrírsela porque otros se la habían cerrado antes.



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