Certificada la permanencia, ha llegado el momento de reflexionar sobre lo ocurrido y extraer consecuencias de esta temporada que ya ha pasado a la historia por ser la peor del Athletic en sus 108 años de existencia. Se dice pronto. Para responder a la gran pregunta que ha corroído desde hace meses no sólo a los hinchas rojiblancos sino a todos los aficionados al fútbol -¿qué le pasa al Athletic?- es obligado referirse a la temporada anterior. No hay otra perspectiva posible para analizar la situación vivida. Y la campaña anterior nos revelaba la existencia de un Athletic en crecimiento, uno de esos equipos cuya progresión salta a la vista.
En el fútbol se ve con mucha claridad cuando un bloque está creciendo, decreciendo o se ha estancado. Y el Athletic de Ernesto Valverde estaba entre los primeros. Con sus virtudes que apuntalar y sus defectos que pulir, los rojiblancos eran un bloque ilusionante del que se podía esperar bastante más que una vida muelle, sin pimienta ni emoción, en mitad de la tabla. Y el mejor ejemplo de ello no hay que buscarlo en los resultados que ese bloque obtuvo en la Liga, en la UEFA o en esa Copa del Rey a cuya final no llegó de milagro. Hay que buscarlo en el nivel de exigencia que se le puso al equipo. Cuando Fernando Lamikiz hizo aquellas polémicas declaraciones asegurando que caer eliminados ante el Austria de Viena era «un gran fracaso» pudo ser todo lo inoportuno, injusto y forofo que se quiera. Pero era sincero. Decía lo que pensaba. Y pensaba lo que pensaba porque con aquel Athletic podía comenzarse a soñar tras varios años sin sueños.
Pues bien, este Athletic fue borrado del mapa. Desapareció. O le desaparecieron, mejor dicho. Cansado de demasiadas cosas, Valverde decidió no continuar. Confirmada su marcha, por la que el presidente no derramó una lágrima, al cabo de una semanas se confirmaron otras dos: las de Ezquerro y Del Horno. Eran dos jugadores importantes, la banda izquierda titular, pero por lo visto nadie en el club supo calibrar las gravísimas consecuencias deportivas que podría tener su pérdida conjunta. Si hubieran sabido calibrarlas quizás no hubieran permitido esas dos operaciones o, en el peor de los casos, hubieran buscado algún refuerzo para compensarlas. No Zubiaurre, precisamente. Ahí estaba Aduriz, por ejemplo, al que no se fichó hasta en enero, cuando el equipo ya estaba en el foso de los cocodrilos.
El caso es que un bonito proyecto quedó destrozado de un plumazo, con una ligereza irritante. Y vistas las consecuencias, constatado lo que el Athletic era hace poco más de un año y lo que es ahora, no es exagerado decir que, probablemente, nunca en la historia del club se ha producido una involución semejante en un espacio tan corto de tiempo. Nadie esperaba que se produjera un desplome así de brutal, pero es que el fútbol tiene estas cosas y hay un mandamiento que nunca puede dejar de cumplirse: lo que funciona no se toca.
Diez partidos
Fernando Lamikiz y su junta comenzaron a entenderlo cuando ya era tarde. Al cabo de dos meses de competición ya estaban temblando. El presidente había realizado una apuesta valiente por José Luis Mendilibar; un gran tipo que venía de realizar una magnífica temporada con el Eibar. Era su hombre, no como Valverde, y propagó a los cuatro vientos que quería convertirlo en el Ferguson del Athletic, un entrenador para muchos años. Al final, duró diez partidos. Mendilibar no encontró la tecla para armar un equipo y convencer a unos jugadores que, desde el verano, estaban lastrados por una convicción letal: sencillamente, sabían que eran peores que la temporada anterior y que debían empezar de cero.
Tras una primera jornada feliz -3-0 a la Real en San Mamés con liderato incluido-, el Athletic se desplomó. No volvió a ganar en los siguientes 9 partidos y cayó al puesto de colista con sólo 6 puntos recaudados en 10 jornadas. Esta caída tuvo un efecto curioso. De repente, todo se vino abajo y comenzó a hablarse de la amenaza del descenso con una crudeza inaudita. Era el mes de octubre y ya se suspiraba por la permanencia. En unos pocos meses, pues, se había pasado de disfrutar de un fútbol divertido y firmar goleadas históricas como la de Lieja a temer por la vida. ¿El motivo? Una desconfianza brutal. Desconfianza en un entrenador sin experiencia y desconfianza en un equipo deprimido y nostálgico que suspiraba por los ausentes.
Sufrimientos varios
Si en algún lugar se encendieron las alarmas éste fue el palacio de Ibaigane. El fichaje de Javier Clemente como sustituto de Mendilibar fue una demostración palmaria de la desconfianza absoluta que la directiva, empezando por su presidente, contrajo de repente en la capacidad del equipo. El miedo se había apoderado de los rectores del club. Quedaban tres cuartas partes de la Liga, tiempo de sobra para que el equipo recobrará el pulso con una cirugía fina, pero se optó por el electrosock. A lo bestia.
La ración de descargas se ha prolongado durante siete meses y ha dejado a los jugadores al borde de un ataque de nervios, a la afición con el corazón encogido de tanta angustia y a la mayoría de los periodistas rematadamente cansados de las jeremiadas del entrenador de Barakaldo. Eso sí, estamos salvados. El Athletic permanecerá en Primera. No hace falta decir que Clemente lo interpreta como un gran éxito personal. Es el salvador. Ciertamente, nadie le puede discutir esa condición, como tampoco nadie le puede discutir su cuajo para manejarse por los aledaños del abismo atreviéndose incluso a sacar chavales del filial. Su apuesta por Ustaritz ha sido la mejor noticia d ela temporada junto a la llegada de Aduriz.
Ahora bien, la pregunta que debe hacerse ahora es si mantener al Athletic en Primera, sufriendo como perros hasta el anteúltimo partido y dando gracias 'ad eternum' a todo el santoral por los postes de Milito, es un gran mérito. ¿Lo es? La respuesta depende de la consideración que cada uno tenga de esta plantilla. Para quienes piensan que ha pasado a ser una banda, rebosante de desechos de tienta, sin duda Clemente estará en los altares. Pero son mayoría los aficionados que piensan que este Athletic puede ofrecer mucho más de lo que ha ofrecido; que su fútbol puede ser sugerente y no el horror que ha sido; que tiene capacidad para marcar mucho más goles, sobre todo en San Mamés, de los que ha marcado; que necesita recuperar la altura de miras que tenía y no ir por ahí buscando las migajas que le deja el rival de turno. Que la permanencia, en fin, no tiene mayor mérito.