El Athletic acabará su peor temporada de la mejor manera posible, asegurando su continuidad un año más en Primera División. Para un club centenario que jamás ha descendido de categoría y que ha ganado ocho ligas y veinticuatro copas, saludar la permanencia como un logro es, además de un baño de realismo, una circunstancia tan anómala que debería invitar a una profunda reflexión sobre los factores que le han llevado a rozar el abismo. Ha sido tal la agonía vivida, la inmediatez del fracaso, que el alivio por continuar formando parte del trío de equipos que siempre han jugado en Primera puede confundirse con el éxito. Mal haría la directiva de Fernando Lamikiz si redujera la campaña a un mero desastre coyuntural con final feliz y no la interpretara como el aviso de que las estructuras del fútbol presente obligan a la excelencia en la gestión y a minimizar los errores y los riesgos. Unas buenas prácticas que cobran todavía más importancia en el caso del Athletic, voluntariamente limitado en su campo de actuación por una filosofía que es su principal seña de identidad y su mejor capital aglutinador, pero que exige a sus dirigentes un mayor esfuerzo de concentración y de acierto. A la actual junta le corresponde, de una vez por todas, propiciar la unión dentro de la familia rojiblanca y buscar un consenso que permita diseñar la estructura del club del futuro, exprimir sus potencialidades económicas, confeccionar un proyecto eficaz de cantera y sacar rendimiento a un presupuesto que es lo suficientemente importante como para mantener una plantilla estable y de garantías. Y, por supuesto, exigir a los jugadores que además de profesionalidad aporten ese plus especial de rendimiento que debe otorgar la identificación con el club y la singularidad que hace de ellos futbolistas especiales. Cuestiones decisivas que el agobio deportivo ha dejado en un peligroso segundo plano.
La única verdad irrefutable de este tiempo difícil es que la afición constituye la parte más sólida del Athletic y que sobre su fidelidad y compromiso se han construido los cimientos que han soportado una endeble trayectoria deportiva. Un patrimonio tan precioso que debería ser conservado apelando a la sinceridad y a la autocrítica, sin recurrir a enemigos ni amenazas externas, que nunca han existido, para justificar un mal ejercicio. Fernando Lamikiz y, especialmente, Javier Clemente no han dudado en buscar fuera del club, y en concreto en la prensa, la explicación a cualquier inconveniente que pusiera en cuestión su gestión. Una táctica tan escapista como alejada de la realidad. Si algo han tenido las 27 jornadas transcurridas desde que Clemente se hiciera cargo del primer equipo y se fijara como agónico objetivo la permanencia, es la paz social y un apoyo sin fisuras. Porque no existe una sociedad tan comprometida con un club como la vizcaína, ni que separe con tanta claridad lo trascendente de lo contingente, la historia de la coyuntura, la tradición de los dirigentes. Y eso la hace partícipe de su devenir y explica tanto la comprensión ciudadana como la sensibilidad institucional, traducida en subvenciones y excepcionalidades. Pero abusar de este estatus para impedir la libre opinión y limitar la información es, sin duda, un mal camino. El Athletic necesita transparencia y rigor y menos culto a la personalidad. Ingredientes básicos para seguir alimentando una historia única y centenaria.