El Correo Digital
Miércoles, 10 de mayo de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Galeano
Eduardo Galeano es un escritor uruguayo con aspecto de turista inglés que ha escrito libros memorables cuya catalogación en los géneros literarios convencionales resulta imposible: ni siquiera su novela 'La canción de nosotros' es una novela aunque lo parezca a ratos. Este hombre entrañable y abrumadoramente lúcido escribe en un estilo fragmentario muy peculiar y utiliza como materiales nobles la ironía, la ternura, la denuncia y su talento de periodista. Si usted desea saber, por ejemplo, cómo América Latina ha llegado al punto en el que se encuentra, lea su libro 'Las venas abiertas de América Latina', verdadero manual de instrucciones para encontrarle sentido a lo que tantas veces parece no tenerlo. Les diré al oído que el señor Galeano consiguió una hazaña insuperable para mí: que me leyera de un tirón un libro suyo sobre fútbol olvidándome de mi ya insuperable aversión a ese deporte ubicuo. Se llama 'El fútbol a sol y sombra' y resulta tan apasionante como cualquiera de los suyos.

Pero a Eduardo Galeano hay que reconocerle otra virtud cada vez más insólita en los tiempos que corren: su coherencia ideológica, su apuesta por los valores de la izquierda mientras lo que se estila es abandonarlos por el camino en nombre de una modernidad que nadie ha sabido explicar en qué consiste. La otra noche pasaron por el segundo canal de TVE un programa dedicado al autor de 'Días y noches de amor y de guerra' en el que este hombre dio unas cuantas lecciones de lucidez a prueba de frivolidades posmodernas, y yo me quedé con un comentario entre tierno y socarrón que don Eduardo pronunció sentado en un sillón de barbería mientras el impasible peluquero le arreglaba la melena menguante. Tras reconocer con buen humor que se le estaba cayendo el pelo de modo irreversible apuntó algo así como «de todas formas, prefiero que se me caiga el pelo a que se me caigan las ideas». No sé si alguno de los tránsfugas ideológicos sutilmente aludidos será capaz de darse por citado, pero me temo que no. Ahora que a la mera coherencia se le llama empecinamiento terco, el comentario de Galeano en su trono de barbería habrá entrado por un oído de sus destinatarios para salir de inmediato por el otro sin romperlo ni mancharlo. Pero este hombre que disfruta como nadie de la buena comida y de la buena bebida, de su hermosa Helena y de sus paseos por Montevideo pese a los sustos que le ha venido dando el corazón, no está dispuesto a cambiar de saco, que es como por allí le llaman a la chaqueta. Bastante ha hecho con dejar el tabaco, proeza en él digna de premio.



Vocento