Hay dos visiones del toro que son tan diferentes como la noche y el día. Hay un universo de distancia en la sensación de contemplar a un toro de lidia en libertad en el sereno discurrir de la dehesa o embistiendo enfurecido en la cárcel circular de una plaza durante la corrida. Un toro paciendo esta primavera entre un manto de rojo sangre de millones de amapolas, el capote grana y oro que le brindan flores y espigas al toro salvaje en las tardes de verano mientras mueren sus hermanos indómitos y humillados en la soledad compartida con un hombre que les reta, que clama que le dejen solo frente a la bestia.
Dos soledades, la del toro y el torero, dando vueltas en medio de murmullos y clarines. Dicen que eso es una fiesta. Y nacional. ¿Y por qué no va a ser la corrida de toros una fiesta? A una fiesta se va siempre a combatir la soledad, batalla ardua pues la fiesta es también un baile de frustraciones, fiesta tras fiesta. A pelear contra ella, a combatir la solitud sea como sea, aunque sea a muerte, nos vamos de fiesta y ver torear a Manolete era una fiesta, lo atestigua la leyenda y las leyendas son las únicas verdades que nos quedan. Publican ahora que el toro bravo no es en realidad de origen español pues desciende de reses que llegaron por mar desde África, se cruzaron con animales procedentes del Este europeo y con bóvidos salvajes. Fatal procedencia en estos tiempos que corren.
El toro de los carteles, el toro bravo, el amo y señor del pasodoble, silueta inseparable de las rutas asfaltadas españolas, viene de un cruce de migraciones indiscutiblemente actual. Cayucos, pateras saltan el Estrecho y se cruzan con trenes rigurosamente vigilados de Rumanía o Polonia; se mezclan los inmigrantes en idéntica dirección que lo hacían los ancestros de 'Islero', el toro que pasó a la historia por coprotagonizar junto a un mítico matador la tragedia más nacional que dio Linares. Venimos de los que salieron por patas de África y de allí siguen llegando gentes corriendo delante de los Miura más imponentes: las cornadas del hambre y de las guerras. En Sudáfrica acusan a Picasso de plagiar del arte anónimo africano que tanto admiraba el pintor que inmortalizó toros. No tiene fin la lucha por los orígenes.