La Segunda Guerra Mundial dejó en Jersey, una isla británica situada a 22 kilómetros de Francia, una profunda huella española. En este territorio británico, el único que invadieron los alemanes junto con las islas cercanas de Guernsey y Alderney, vivieron durante la contienda 1.500 prisioneros españoles, casi todos republicanos.
Desde los años sesenta, cada 9 de mayo, aniversario de la liberación de la isla por las tropas aliadas, se celebra una ceremonia para recordar a los 5.000 trabajadores forzosos que fueron deportados por el régimen nazi -polacos, rusos, franceses, marroquíes y argelinos, entre otros-. Ayer, unas 150 personas se acercaron hasta los jardines del crematorio de St. Helier, la capital, donde depositaron más coronas de flores en su honor que nunca.
La ceremonia tuvo un sabor particularmente español. La visita del embajador en Londres, Carlos Miranda, generó mucha expectación, por ser la primera vez que un representante del Gobierno asistía al acto. «No sabíamos de la ceremonia», confesó, «así que estamos muy contentos de haber venido», dijo a Inocente Martín, uno de los supervivientes, y a su mujer.
Los túneles de la guerra
Martín, de 86 años, el único español que queda en Jersey, confesó que fue uno de los más afortunados porque trabajó, a diferencia de otros compatriotas, en una oficina, a las órdenes de un alemán que no simpatizaba con el régimen. Junto a él, el joven Antoni Pérez recordaba los infortunios de su abuelo Casimiro, que murió hace unos años en España, y que participó en la construcción de los búnkers que salpican la costa de la isla.
Muchos otros trabajaron en los conocidos como 'túneles de la Guerra', un laberinto de un kilómetro de longitud a 33 metros bajo tierra, que excavaron sin descanso y que fue transformado en hospital cuando los alemanes empezaron a temer un ataque aliado. Ahora, esta tétrica obra de ingeniería se ha convertido en una de las atracciones principales de la isla. Allí trabajaron los deportados en jornadas de sol a sol bajo condiciones extremas, en las que su sustento se limitaba a un café, dos raciones de sopa y una rodaja de pan. Nueve de los españoles murieron de inanición.
Pero, según cuentan los supervivientes, fueron mejor tratados que los rusos. Aunque la comida era escasa para casi todos, recibían un sueldo y disponían del domingo libre, lo que les perm itió mezclarse con la población, entrar en los cafés e incluso ir al cine. Así surgieron historias de amor que permitieron que una vez que la isla fue liberada, una veintena de españoles, como Francisco Font e Inocente Martín, se instalasen en la isla, a diferencia de la mayoría, que fueron embarcados rumbo a Francia.