«¿Ignacio, toca la bocina!», pide una madre a su hijo, mientras el niño juega encaramado en uno de los vagones del tren de colores del parque público de Loiu, junto al edificio consistorial. «¿Piiiii!, ¿Piiiii!», grita el pequeño. Pero la voz de Ignacio deja de percibirse mientras un avión de Iberia inicia, sobre la 13.10 horas, las maniobras de aproximación a la pista. A cuatrocientos metros de la terminal, la aeronave parece al alcance de la mano. «Pues sí. ¿Pasan tan bajo!», se lamenta Consuelo Elosua. Con un sonómetro en la mano, no homologable, y acompañada por Alfredo Herrán, la portavoz de Lur Maitea se dedicó ayer a realizar lo que tantas veces ha exigido al Ayuntamiento: medir el ruido que hacen los aviones.
«¿77 decibelios! Y son pocos, ¿eh?», advierte. La ecologista subraya que esta cifra supera los 65 permitidos, lo que debería llevar al Ayuntamiento a derribar los pisos que se están levantando en la zona «por razones de seguridad». «Mira, ahí viene otro». Esta vez -13.23 horas- el aparato registra 81 decibelios, un nivel equivalente al interior del metro o una calle muy ruidosa.
«No se puede estudiar»
Trece minutos después, en Larrauri, una de las calles que discurren por una lujosa urbanización de chalés, acciona el sonómetro: 93 decibelios. «Van acabar con nuestras vidas. Las casas, a veces, tiemblan, no puedes dormir por las noches, echar la siesta, el ruido te despierta por las mañanas, los niños no pueden estudiar...».
Iratxe, una joven periodista de la localidad, asiente: «El teléfono móvil se corta a veces por según qué zonas de la casa te muevas, no oyes la televisión cuando pasa un avión... Pero, al final, aprendes a convivir», reconoce con este mapa sonoro. Sorprendentes son, en cambio, las reacciones de muchos amigos que llegan a su casa. «Cuando pasa un avión, se asoman a la ventana a verlo. Y, claro, alucinan al verlos tan cerca, sobrevolando los tejados».
Ante este panorama, Lur Maitea cree que el Ayuntamiento de Loiu debería seguir el ejemplo del de Londres que indemnizó a los vecinos afectados por el ruido de los aviones de Heathrow al admitir que había disminuido su calidad de vida.