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Miércoles, 10 de mayo de 2006
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OPINIÓN/Zona de ruidos
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El Ayuntamiento de Loiu, al igual que otros vecinos, como Sondika y Zamudio, se había hecho oídos de mercader ante las reiteradas peticiones de una parte de sus vecinos y la asociación ecologista Lur Maitea para que efectuase mediciones acústicas con el fin de medir el impacto sonoro que los aviones producen en el término municipal. Sostenían ecologistas y vecinos que el ruido de los aviones superaba con mucho el máximo permitido por la Organización Mundial de la Salud (65 decibelios de día y 55 de noche) y el Ayuntamiento desestimó la petición, afirmando que el ruido quedaba por debajo de los 65 decibelios.

El Juzgado de los Contencioso Administrativo número 2 de Bilbao ha fallado en contra del Consistorio y ha establecido que el aislamiento y el control de ruidos es competencia municipal, por mucho que la responsabilidad de los aeropuertos sea del Estado.

Está comprobado que el exceso de ruido interrumpe las comunicaciones de los móviles y produce interferencias en la televisión, altera el sistema nervioso, crea desórdenes mentales y favorece los problemas cardiacos. En los centros escolares impide la concentración de los alumnos y es causa de bajo rendimiento. O sea, como la LOGSE pero con estrépito.

Los ayuntamientos bajo sospecha tienden a negarse a la verificación (permítanme usar el gran palabro del momento) y la negativa produce alguna perplejidad en una primera consideración. Un cuadro de efectos del ruido como el que se acaba de describir aquí debería preocupar notablemente a todas las instituciones por lo mucho que perjudica la salud y el bienestar de los administrados. Es que cada concejal debería patrullar las calles provisto de un sonómetro, dispuesto a proteger los tímpanos de sus convecinos.

Lo que pasa es que si el ruido rebasa en una determinada zona la barrera acústica de los 65 decibelios, el Ayuntamiento deberá denegar las licencias para la construcción de viviendas. No es que se llamen andanas por el ruido, sino que no hay consistorio que renuncie a su vocación recaudatoria. Está en su naturaleza.



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