El sueldo del profesor universitario da para comer. Lo malo es que no da ni para desayunar ni para cenar», solía decir Juan Echevarría Gangoiti, el que fue rector de la Universidad Autónoma de Bilbao. Años después, estamos más o menos en la misma situación que revelaba el chiste. El profesor de Universidad está pésimamente considerado por lo que toca al sueldo, cobrando incluso menos que los profesores de Enseñanzas Medias (permítanme la terminología antigua). O lo que es lo mismo, para dejarnos de eufemismos: su consideración social es poca.
La nómina de un profesor de la Universidad del País Vasco es sorprendente. Resulta que el sueldo base es enano, y luego vienen los complementos por esto y lo otro, para estirar al bajito. Casi se diría que los complementos son más bien el sueldo, y el sueldo los complementos. Además, no se sabe por qué, excelentes profesores han quedado excluidos de la oportunidad de acceder a algunos complementos, por haber llegado tarde (es decir, por ser más jóvenes). En fin, una situación estúpida que se prolonga años y años, sin que veamos la salida del túnel.
¿Es ésta la forma de tratar a la Universidad pública? ¿Es ésta la manera de atraer vocaciones universitarias, de profesores jóvenes, de investigadores que tomen el relevo de quienes se van jubilando? Ciertamente no. Bien al contrario, es clarísimo que se desanima a muchísimos que quisieran dedicarse a la enseñanza superior, haciendo una carrera y recorriendo el camino hasta llegar a profesores e investigadores bien formados, capaces de enseñar y de entusiasmar a las generaciones que nos siguen. No es extraño que muchos, muchísimos de entre los mejores alumnos tomen otros caminos, alejándose de la Universidad pública que tanto los necesita.
Y siendo éste el panorama, ¿es aceptable la vía que nos proponen los sindicatos, llamando a la huelga para hacer que el Rectorado negocie una subida salarial? Desde luego que no. Después de leer los escritos que han puesto en circulación (algunos, para nuestro asombro, con textos manifiestamente mejorables en estilo y hasta en ortografía ), debo decir abiertamente que estoy contra la huelga.
Apenas hace mes y medio, el 29 marzo, otra huelga paralizó la Universidad del País Vasco. Ahora se nos vuelve a llamar, y para dos días: el lunes 15 y el martes 16 de mayo. Como en aquel anuncio, 'Dos mejor que uno', han debido de pensar los sindicatos. No hay, para los sindicalistas, otro método que parar, y por dos días. No entran en sus planes, por ejemplo, unas sentadas o manifestaciones civilizadas, o permanecer más horas, o toda una noche, en escuelas, facultades o bibliotecas. Se va a la huelga, sin más. Gran poder de imaginación e inventiva.
Entretanto, las universidades privadas no hacen huelgas. Todo es orden, pulcritud y formalidad. Los conflictos están solamente en la UPV. Por ejemplo, dos huelgas en cuarenta y cinco días. ¿Saben los sindicatos que siempre debe haber un límite, y también en las reivindicaciones? ¿Son conscientes de que hay que prestigiar, incansablemente, la enseñanza superior pública? ¿Se dan cuenta de que nuestra UPV es todavía joven y debe batallar por el mayor prestigio y seriedad, dentro y fuera?
Es hora de pedir a todos un poco de sensatez. Al Gobierno vasco, en primer lugar, que no parece creer en la enseñanza pública, y tampoco en la UPV. Porque, como se dice en la epístola del apóstol Santiago (2, 18-20), la fe no vale nada sin las obras, y éstas son, entre otras cosas, un salario digno para los profesores.
La sensatez es asimismo requerible al Rectorado. De nada sirve expresar buenas intenciones, mientras la injusticia salarial perdura. ¿Qué pasa? ¿Los sueldos del profesorado no entran entre sus prioridades? ¿No hay Plan Estratégico para este apartado?
En cuanto a los profesores, debemos pensar lo equivocados que son los caminos por donde los sindicatos quieren llevarnos para reclamar mejoras salariales. La sociedad verá con agrado que somos adultos, también al pedir un salario digno por hacer un trabajo digno en unas condiciones adecuadas para desarrollar esa labor.
Finalmente, los sindicatos están igualmente obligados a actuar con inteligencia, nobleza y generosidad, siempre en pos del bien de la institución y de todos los que diariamente hacemos más grande la UPV, un sueño largamente negado, una realidad madura a las puertas de un futuro todavía mejor.
Los sindicatos, además, no pueden mantener el llamamiento a la huelga como si no hubiera pasado nada el miércoles 10 de mayo. Ese día, el Consejo de Gobierno de la UPV aprobó por unanimidad (caso raro, pero esta vez ha pasado) una declaración institucional sobre las reclamaciones de los profesores, instando «a las partes en conflicto a que hagan el máximo esfuerzo para negociar una solución satisfactoria a las reivindicaciones de un salario digno para todo el profesorado». Es absurdo que el órgano máximo de la UPV apruebe, sin voto en contra ni abstención alguna, un texto esperanzador, y los sindicatos sigan llamando a la huelga, alguno de ellos con las consabidas declaraciones de 'trampa', 'engaño' y demás. Y otra paradoja: muchos de los que votaron al actual rector y a su equipo ahora son los más vocingleros en el llamamiento a la huelga y en lanzar lindezas sobre la autoridad académica.
Seriedad y sensatez. Por nuestra Universidad pública.