Un rasgo humano. Una floritura en brindis para la galería dentro de un mundo robotizado, apremiado por la agenda, por la psicosis de los tiempos, ojo al cronómetro para correr, para comer, para dar entrevistas. Conquistó Fernando Alonso la 'pole' en Montmeló, la segunda consecutiva este año, la undécima de su carrera, y se concedió rienda suelta a la alegría. Salió de su box, una, dos y hasta tres veces, como los toreros del Estudiantes. Dedicatoria al público, pulgares en alto mientras la grada enloquecía, treinta metros más allá.
Un momento para la comunión, para el regocijo mutuo, un detalle que simule una explicación convincente de por qué este gran premio es diferente. Ya se lo dijo Vienna a Johnny Guitar en la película de Nicholas Ray: «Dime que me quieres, aunque sea mentira». Pues eso. Un pelín de alborozo en este circo tan serio. La cuestión Alonso reside en caravanas como la de ayer. Diez de la mañana, accesos al circuito de Montmeló desde la autopista. Hacia el peaje de Parets se juntan 120.000 personas en peregrinaje azul. Sale gente de todos los rincones, como ranas en la lluvia. Surgen de los aparcamientos en los polígonos a cinco euros, de los arcenes de las carreteras adyacentes, de los autobuses alineados en formación militar, de los coches con acreditación que recogen piezas en auto-stop.
Los advertencias del equipo directivo del circuito responden a una realidad palpable. O se duerme en Montmeló o se viaja en moto o se queda uno en casa. Pero esta gente acude a la fiesta, al paraje de adoración de un tipo que ha transformado un deporte casi clandestino en consumo masivo. Gana y lo hace frente a los mejores, lo cual sacude el secular complejo español cuando se tocaban determinados asuntos. Ahora hay un campeón. Más o menos simpático, más o menos tímido, más o menos dicharachero según sopla el día. Pero se trata de un competidor total, fiable cien por cien, que hace rugir al público.
Ese fue el destello que dejó la 'pole' de Fernando Alonso en Montmeló, su primer salmón en suelo ibérico. Un estruendo fenomenal en el circuito que contagió al piloto, quien, como todos en esta factoría de vanidades, se mueve por la rutina, por la congelación de los sentimientos, por la fiabilidad de ordenadores, coches y sistemas de telemetría. Alonso consiguió el primer puesto y alzó el puño, compartió su éxito desde el habitáculo, llegó al box y se encontró con un equipo alborozado, dispuesto a cantar en vez de sólo a analizar. Dio la impresión de que ganaban la carrera el sábado. A esa atmósfera contribuyó Giancarlo Fisichella, segundo en la contrarreloj, en una parrilla de frontal azul. Renault no hacía doblete en una clasificación desde la carrera de China del año pasado, cuando Alonso ya tenía el título en propiedad.
Los Ferrari, solventes
La amenaza de los Ferrari queda patente en la lanzadera. Schumacher rodó muy rápido con sus Bridgestone y lo normal sería que hoy sucediese lo mismo. El fin de semana marca la tendencia desde el viernes y los Ferrari se han mostrado solventes. Hay duelo. De marcas y de guantes. La incógnita decreta dirección McLaren. Por los neumáticos, el motor o vaya usted a saber qué, las flechas de plata no carburan. A Raikkonen y Montoya no se les puede haber olvidado pilotar y frente a esa evidencia queda la decepción. El colombiano fue eliminado en la segunda tanda, junto al pelotón de costumbre: Webber, Rosberg, Villeneuve, Klien y Liuzzi. Y al finlandés hay que encontrarle en la quinta línea, noveno, lejos de la centella que amenazó a Alonso el curso pasado.