Como un huracán. Resulta difícil encontrar otra comparación más exacta para dar cuenta de un proceso que, como el de la elaboración del nuevo Estatuto de Cataluña, ha arrasado con todo cuanto ha encontrado a su paso. La ilusión de una alternativa que se prometía catalanista y de izquierda, el prestigio de un presidente que parecía ser la necesaria bocanada de aire fresco en una atmósfera saturada, la solidez de una organización histórica como la socialista, el crédito de toda una clase política, el patrimonio de un modo de hacer las cosas basado en el seny y la mesura, todo ha quedado devastado en Cataluña al paso de este ciclón de disparates y despropósitos que ha sido, paradójicamente, el intento de dotar al país de una nueva norma básica de convivencia.
Los analistas se dividen, a la hora de evaluar los desperfectos, según la inclinación que cada uno tenga a ver la botella medio vacía o media llena. Están así, de un lado, los que prefieren consolarse con los restos que han podido rescatarse del naufragio. Ahí quedará -dicen- el nuevo Estatuto aprobado, que, más allá de los penosos avatares de su tramitación, constituirá en el futuro para todos, promotores y detractores, un instrumento más eficaz que el que antes tenían para desarrollar la acción política en la comunidad catalana. Son los que, pese a las irreparables pérdidas del hundimiento, siempre están dispuestos a contentarse con los desperdigados despojos que aparecen flotando en las aguas después de la tormenta. Serían éstos como los 'rari nantes in gurgite vasto' que un desconsolado Virgilio contempló en su Eneida tras la catástrofe causada por la tempestad.
Pero ahí están también, del otro lado, los que, negando todo valor a ese Estatuto salvado in extremis, se refocilan en la desgracia ajena y muestran a todo el mundo, con indisimulado regocijo, las ruinas que se amontonan a los pies de tan altas torres derrumbadas. No deja de percibirse en este grupo ese regusto anticatalanista o, directamente, anticatalán que ha dejado en la boca de muchos el agrio debate que ha acompañado el proceso. «Quienes tanta gala hacían de su clara diferencia y neta superioridad en el manejo de la cosa pública se habrían revelado, al final, tan torpes e incompetentes como el resto de los españoles». No se muestra de manera expresa con una franca carcajada, pero la leve sonrisa que se perfila en sus labios delata la alegría que les ha producido el fracaso.
Y, sin embargo, habría que ir más allá de estos análisis contrapuestos, que, al fin y a la postre, no hacen sino desentrañar las obviedades que cualquier ciudadano puede percibir a simple vista. Mejor, por tanto, aprovechar las lecciones que pueda enseñarnos la experiencia catalana y ver si, usándola de metáfora, podría, quizá, servirnos a los demás para percatarnos de un mal que, lejos de ser específicamente catalán, amenaza con afectar a todo el conjunto de la sociedad española.
Si analizáramos el caso catalán como una metáfora que lo trasciende, encontraríamos que en él se ha dado algo que podría definirse con el término que los griegos empleaban para designar la desmesura: 'hybris'. El tripartito catalán, en vez de medir bien sus fuerzas antes de lanzarse a la acción, se embarcó en una aventura cuyo exitoso final estaba a todas luces fuera de su alcance. Ni los partidos coaligados podían con sus solos esfuerzos alcanzar el objetivo que se habían marcado ni la sociedad que los apoyaba daba muestra alguna de querer acompañarlos en el intento. El tripartito se propuso transformar de arriba abajo lo que las llamadas 'condiciones objetivas' sólo permitían reformar o, lo que viene a ser lo mismo, se empeñó en innovar lo que únicamente pedía ser renovado para seguir funcionando con éxito. Esta falta de mesura, este adanismo ingenuo de quien se cree capaz de refundar cada día la historia, es lo que ha provocado, en el fondo, el estrepitoso fracaso del proyecto. Metieron la masa en un horno que no estaba para bollos y acabaron haciendo un pan como unas hostias.
La lección vale para todos. Para quienes gobiernan el todo y para quienes dirigen esta pequeña parte nuestra que nos ha tocado en suerte. No está el país, ninguno de los dos, para reiniciar en él esa especie de segunda Transición que algunos gobernantes imaginan poder acometer. No se dan, ni con mucho, las condiciones. La época de los grandes objetivos que, en aquella primera, arrastraron a gentes y partidos en un esfuerzo común pasó, y su vuelta ni siquiera se atisba en el horizonte. Nada queda ya de ilusionante, por mucho que algunos se empeñen en seguir utilizando la palabra. Ni siquiera la paz, tan manoseada, pasará de ser algo más que el alivio que produce el despertar de una pegajosa pesadilla. La historia continuará su camino a trompicones, sin que ningún recién llegado a ella sea capaz de refundarla.